LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR

Autor: P. Jesús Castellano Cervera, OCD. De su libro: “Oración ante los iconos”.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR. Icono ruso, museo de Louvre, s. XVI.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR. Icono ruso, museo de Louvre, s. XVI.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR

El icono de la crucifixión pone ante nuestros ojos el misterio de la muerte del Señor, con todo el realismo del sufrimiento, con todo su valor salvífico. La imagen de Cristo crucificado ha quedado impresa en el corazón de los discípulos. Así lo han anunciado desde la mañana misma de Pentecostés: “A Jesús de Nazaret… vosotros lo matasteis clavándolo en una cruz…” (Hch 2,22-23). El mismo Pablo, que no conoció personalmente el misterio tal como se realizó en el Calvario, sabe describir con emoción los rasgos de Cristo crucificado: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). En su predicación intenta pintar al vivo  la imagen del Crucificado, como parece sugerir esta expresión de la carta a los Gálatas: “Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo Crucificado?” (Ga 3, 1). No es, pues, extraño que la Iglesia haya  pintado desde la antigüedad el misterioso episodio dela crucifixión del Señor para presentar ante los ojos de todos los fieles el acto supremo de la entrega de Jesús.

 
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La cruz campea en el centro de todas las iglesias, la imagen del Crucificado ocupa un lugar en el corazón de cada cristiano, como si la Iglesia quisiera que esa imagen se imprimiera en las entrañas, para ser causa y modelo de la salvación de los hombres, llamada poderosa al arrepentimiento, ofrecimiento de perdón y de misericordia.

Todavía hoy, cada año, en la solemne liturgia del Viernes Santo, la Iglesia muestra a todos sus hijos la imagen del Crucificado; l presenta ante sus ojos para ser adorado. La imagen recibe sesta consagración litúrgica, para que todos los cristianos pongan los ojos del alma en la imagen de nuestra redención. El icono de la crucifixión compendia en p ocas figuras el misterio de la Palabra del Evangelio. Es, junto al Evangelio, un icono primordial, como recuerdan los Concilios antiguos. Nos emplaza ante el misterio que ahora vamos a contemplar.

 

La imagen de la Pasión del Señor

La imagen más sobria y esencial es la que presenta a Cristo en la cruz y a su lado la Virgen María y san Juan, testigos amorosos del misterio, herederos de las últimas palabras del testamento de Jesús a su Iglesia.

A veces a este grupo se añade el centurión, junto a Juan, y las mujeres seguidoras de Cristo, junto a la Virgen Madre. Con frecuencia parte superior, a ambos lados de la cruz, se encuentran ángeles en vuelo que llevan los instrumentos de la pasión.

La escena está captada en el monte Calvario, indicado apenas con un pequeño montículo sobre el que está erigida la cruz. En la base de esta cavidad hay un espacio oscuro y una calavera que simbólicamente representa el cráneo de Adán., hasta el que llega la sangre redentora del nuevo Adán, Jesucristo. Una tradición quiere identificar el lugar del Calvario con el lugar de la sepultura de Adán. En otros iconos se contempla en perspectiva la ciudad santa de Jerusalén en la que Cristo ha sido condenado. La ciudad parece cercana, aunque Jesús ha sido crucificado fuera de sus murallas, en el lugar llamado de la calavera, el monte Calvario.

Hay también iconos antiguos que colocan junto a la cruz del Señor la de los dos ladrones que con él fueron crucificados, incluso con los nombres que la tradición les atribuye: Dimas es el buen ladrón; Gestas es el mal ladrón. Dimas es el ladrón “teólogo” –así lo llama la liturgia oriental- pues supo reconocer a Dios desde el patíbulo en el que fue condenado. Es teólogo porque “conoce a Dios” y con inmensa sabiduría confiesa, se arrepiente, invoca. Y recibe la promesa de compartir el Reino que Jesús había ofrecido en su predicación a los últimos, a los que saben arrepentirse y acoger la Buena Noticia. Para Dios no hay límites. Basta “reconocer” a Cristo el Señor como Salvador. Esta es la verdadera “teología”, la que el ladrón nos enseña desde la cruz.

Pero vamos a fijar la atención en los tres personajes clave del icono que nos permiten entrar de lleno en el misterio que está ante nuestros ojos.

El crucificado

Clavado en la cruz, Cristo aparece ya en el momento en que ha entregado su espíritu al Padre. Ha cerrado los ojos, tras haberse agotado en la lucha. Ha completado todo lo que se había escrito de El en la Biblia. Aparece desnudo, porque se han sorteado sus vestidos; y así está expuesto a las miradas de todos, en el culmen de su despojo y de su pobreza total. Ha expresado su sed de Dios, con el grito que ha salido de su corazón. Ha hecho resonar la plegaria más trágica de la historia de los hombres: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Ha dado la vida por sus amigos y en obediencia al Padre, obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.

Se ha dormido en la cruz orando, como había vivido siempre: en oración, en comunión con el Padre.

Ahora su cuerpo está ahí, como signo de una entrega hasta la muerte, don supremo hecho en su carne: carne abierta en sus manos y en sus pies por los clavos, en su costado por la herida de la lanza. En algunos iconos del costado de Cristo salen como dos riachuelos de color blanco y rojo que quiere significar la sangre y el agua. La sangre que es signo de la vida, porque El ha dado la vida por los amigos. El agua que es signo del Espíritu, porque antes de expirar El ha “entregado el Espíritu” al Padre y a la Iglesia. En las pinturas medievales se presenta a la Virgen María en actitud de recoger en un cáliz el agua y la sangre del costado de Cristo, que los Padres de la Iglesia identifican como símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. El Crucificado es siempre el HIJO DE Dios vivo. La cabeza de Cristo se destaca sobre la aureola donde siempre se leen las letras griegas que quieren decir: Yo soy el que soy. El es Jesús, el Salvador; es Cristo, el Mesías.

 

El árbol de la cruz

La cruz está ahí. La cruz es signo del hombre que con su cuerpo erguido y sus manos extendidas forma el signo de una cruz. El madero reproduce este signo que está inscrito en el cuerpo del hombre y que quedará para siempre expresado en el nuevo Adán, en el hombre nuevo, Cristo crucificado, con una verticalidad que parece unir el cielo y la tierra. Con los brazos abiertos para abrazar a todos los hombres. Los puntos cardinales de la plenitud del universo se unen en {el, centro del cielo y  de la tierra.

Un antiguo texto cristiano de finales del siglo II, la homilía pascual de un autor anónimo, canta así el misterio de la cruz gloriosa:

Este árbol de la cruz es mi salvación eterna:

él es mi alimento; él es mi delicia.

En sus raíces hundo mis raíces y crezco.

Por sus ramos me extiendo,

con su rocío me refresco;

su espíritu, como brisa acariciadora, me envuelve.

Me cobijo a su sombra, donde he plantado mi tienda,

y he encontrado en el estío un refrescante refugio.

Florezco con sus mismas flores,

me sacio libremente de sus frutos deliciosos,

destinados para mí desde el principio.

Este árbol es alimento para mi hambre,

Manantial para mi sed,

vestido para mi desnudez,

pues sus hojas no son de higuera, sino espíritu de vida.

Este árbol es mi refugio cuando temo,

mi cayado cuando vacilo,

premio en el combate, trofeo de la victoria.

Este árbol es la senda angosta y la puerta estrecha,

la escala de Jacob, sendero de ángeles,

en cuya cima Cristo mismo se ha apoyado.

Este árbol, de dimensiones celestiales,

se eleva desde la tierra hasta el cielo.

Es fundamento de todas las cosas,

pilar del universo,

punto de apoyo del mundo entero,

vínculo cósmico que mantiene en la unidad

la inestable naturaleza humana,

asegurada con los clavos invisibles del Espíritu,

para que unida a Dios no pueda jamás separarse.

Su parte superior llega hasta el cielo,

su parte inferior toca la tierra,

sus brazos abiertos sobre la inmensidad,

resisten a soplo de todos los vientos.

El era todo en todos, por doquier.

Y mientras llenaba de sí el universo entero,

se ha despojado de sus vestidos

para trabar batalla con las potencias del mal.

 

Esta es la cruz, signo cósmico de reconciliación entre el cielo y la tierra, entre todos los hombres, en Aquél que es Cruz y Crucificado, que une a Dios con el hombre, y a todos los hombre en Dios y a toda la humanidad en un solo Cuerpo, en una sola familia de hermanos. Aún después de la resurrección Cristo será siempre el Crucificado que ha resucitado, sacerdote y víctima gloriosa.

 

La Virgen María y el discípulo amado.

La Virgen está ahí, al pie de la cruz, vestida con su manto púrpura que la envuelve por completo. Es su manto de santidad, de la gracia del Espíritu que hacen de la Virgen la toda Santa, especialmente en este culmen de dolor y de amor, en plena comunión con su Hijo.

Con una mano lo indica, para que todos lo reconozcamos; con la otra mano parece querer ahogar el dolor  inmenso que la envuelve, por ser la Madre de este Hijo; por participar con fortaleza, pero con plenos sentimientos humanos y maternales, en este momento supremo del sacrificio del Hijo.  “Mujer, he ahí a tu Hijo”. Una palabra que la ha hecho Madre, de nuevo, por la gracia del Espíritu, pero esta vez de todos los discípulos de Jesús. Nueva Eva, Madre de la humanidad, Madre de todos los hermanos del Primogénito. Aparece espiritualmente con-crucificada, en la plenitud de su entrega a la obra de la Redención, y al principio de una inmensa soledad que la acompaña hasta el momento de la Resurrección, depositaria de todas las promesas, corazón abierto para dar testimonio de lo que ha visto y ha sufrido. Testigo de los padecimientos de su Señor y su Hijo. Es Madre de Dios, aunque en la paradoja de ser Madre de un crucificado. Es la figura de la Iglesia, Esposa fiel junto al Esposo, en el momento del dolor y del sacrificio; es la Madre de todos los que sufren, porque junto a todo hijo crucificado vela la Madre dolorosa, infundiendo esperanza y amor.

Ahí está también Juan, el discípulo amado. También él está reflejado en su inmenso dolor de amigo, de discípulo, de joven apóstol que ha sido fiel al Maestro hasta el final. Ha recogido el testamento de Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”. Y la ha acogido entre sus bienes más preciosos. Ha contemplado con ojos de teólogo espiritual lo que ha acontecido en el Calvario. Lo narrará en el Evangelio con una intensa profundidad. El que está en el madero es un Rey que ha sido exaltado para atraer todos a El. Es el Cordero que ha sido inmolado pero no le será quebrantado ningún hueso. Es el Templo santo, lugar de la presencia de Dios, del que sale el agua viva del Espíritu. Es el Amigo que da la vida por los amigos. Es el que entrega el Espíritu y la Madre a la Iglesia, para que de nuevo todos puedan en El nacer y renacer del Espíritu Santo y de la Virgen María, como Jesús el Primogénito del Padre. Esta es la noble contemplación del misterio en la que Juan está absorto, para contarlo después a la Iglesia, a la luz de la Resurrección.

 

Contemplación  orante

La contemplación del Crucificado invita al amor, a la respuesta generosa. Para santa Teresa de Jesús, que canta en una de sus poesías el misterio de la cruz, la pasión es el culmen del amor, de la fortaleza, del servicio. Jesús es ahí “espiritual de veras” y todo el que quiera vivir como Cristo tiene que hacerlo así, con suprema gratuidad: “Poned los ojos en el Crucificado y todo se os hará fácil”. Hay que amarlo con obras, porque no bastan las palabras cuando el Señor ha dado tales pruebas de amor.

Juan de la Cruz proyecta sobre el mundo y sobre cada uno de los cristianos la figura del Crucificado –ese Cristo cósmico que él mismo ha diseñado y que Dalí ha imitado- como culmen de su acción redentora en favor de todos los hombres. Cuando con su grito desgarrador ha expresado su abandono y con su amor confiado ha unido y reconciliado todo.

Cristo es sobre todo el Buen Pastor que ha dado su vida por sus ovejas. Pastorcico enamorado de su Amada.  Por eso, contemplándolo podemos repetir su estrofa preferida, la que canta la entrega sublime y la apertura universal de un abrazo con el que quiere perdonar y santificar a toda la humanidad.

“Y al cabo de un gran rato se ha encumbrado

sobre un árbol do abrió sus brazos bellos

y muerto se ha quedado asido de ellos

el pecho del amor muy lastimado”.

 

En oración con la Iglesia

Oramos con la Iglesia de Oriente diciendo:

“Todos los miembros de tu cuerpo, uno por uno, han sufrido ignominia por nosotros. La cabeza las espinas, el rostro los salivazos. Las mejillas los bofetones, tus hombros un vestido de vergüenza, tus espaldas los latigazos, tus manos una caña, todo el cuerpo es destrozo de la cruz, las manos y los pies los clavos, tu costado la lanzada. Tú has muerto por nosotros y muriendo nos has librado; tú que por amor de los hombres te has humillado y nos has levantado, ten piedad de nosotros, Salvador omnipotente en todo momento podemos adorar el misterio de la cruz y decir ante la imagen del Crucificado la hermosa antífona oriental de la liturgia de la Iglesia en el Viernes santo:

“Adoramos, Señor, tu cruz

y confesamos tu santa Resurrección.

Por medio del árbol dela cruz,

el anuncio de la verdadera alegría

ha llegado al mundo entero”

Sí, porque la cruz del Señor es ya preludio y anuncio de la Resurrección. Como la presencia del dolor en nuestra vida –con los ojos puestos en el Crucificado- es ya una invitación al amor paciente y esperanzador, mientras florece poco a poco la alegría de la resurrección. Sí, porque todos los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido bautizados en  muerte, y con la mirada en este misterio que da sentido total a nuestra existencia confesamos: “Si con El morimos viviremos con El”. La muerte de Jesús es la vida del hombre. El sufrimiento del cristiano completa lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia.

El icono nos invita a meditar en la pasión de Jesús y en nuestros sufrimientos, en el dolor de Cristo y en el sufrimiento del cualquier hermano, para que lo que es absurdo a los ojos del mundo tenga pleno sentido de amor y de redención a los ojos de Dios.

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