PARA PINTAR LAS COSAS DE CRISTO ES MENESTER VIVIR CON CRISTO. Beato Fra Angélico

 

Pantoc Juan 2A continuación les presento los iconos de mi amigo artesano iconógrafo Juan Carlos Cordini, su esposa Dora y su hija María Silvia. Ellos son discípulos de las profesoras iconógrafas: Natalia Gorvashov, del taller  SANTA SOFÍA, y Rossana Nicoletti, del taller San Lucas.

III. LAS VIRTUDES DEL ICONÓGRAFO

Por el P. Al Sáenz S.J. De su Libro “Elicono, esplendor de lo sagrado”.

Si ya los antiguos pensaban que la tragedia purificaba las pasiones, y la música y la poesía virilizaban el espíritu, ello significa que la perfección de las formas no es extraña al bien y a la virtud. Decía Plotino: “Ver la belleza no es ser bello; sólo cuando, merced a la belleza, se haga uno bello personalmente, estará enteramente en lo bello”[1].

 

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  1. EL ICONÓGRAFO: UN CONSAGRADO

En las primeras páginas de la “Hermenéutica de la pintura”, o “Instrucción sobre el arte pictórico”[2] se lee lo siguiente: “Quien quiere aprender el arte de la pintura, que estudie primero y se ejercite durante un tiempo sólo en dibujar, aún sin reglas, de modo de mostrar su capacidad, hasta que se haga experto. Luego, que invoque al Señor Jesucristo y ore ante el icono de la Madre de Dios Hodegetría. El sacerdote lo bendecirá, después  de rezado el ‘Rey del cielo’[3], el ‘Magnificat’ de la Madre de Dios, el ‘Mudos los labios’ y el tropario de la Transfiguración, y haciendo la señal de la cruz sobre su cabeza dirá en alta voz: ‘Oremos al Señor’ seguido de la invocación: ‘Señor Jesucristo, nuestro Dios, que existes ilimitable en la naturaleza divina y por la salvación del hombre te encarnaste misteriosamente en el seno de la Virgen María, Madre de Dios, Tú que te has dignado limitarte…; habiendo impreso los rasgos sagrados de tu Rostro inmaculado sobre el santo velo y curando con éste al rey Abgar de su enfermedad e iluminando su alma con el pleno conocimiento de nuestro verdadero Dios, habiendo con tu Espíritu Santo infundido sabiduría en el santo apóstol y evangelista Lucas para que pintase la figura de tu Madre Purísima que en tu infancia te llevaba en brazos y dijo: ‘La gracia de Aquel que nació en mí se comunique a ellos por mi intermedio’; Tú, Dios de todo lo que existe, ilumina en infunde sabiduría al alma, el corazón y la inteligencia de tu siervo, y dirige sus manos para que pinte de modo irreprensible y perfecto la imagen tuya, y la de la Purísima madre de Dios y las de todos tus santos, para gloria tuya, para alegría y belleza de tu Santa iglesia y para la remisión de los pecados de aquellos que veneren y besen con devoción esos iconos, atribuyendo el honor al prototipo; líbralo de todo influjo diabólico de suerte que progrese en todos tus mandamientos, por intercesión de tu inmaculada Madre, del santo apóstol y evangelista Lucas y de todos tus santos. Amén[4].

Rescatemos la reiterada alusión a Lucas quien, como ya dijimos, fue al mismo tiempo evangelista, Iconógrafo y santo. La bendición del sacerdote pone al artista sagrado bajo su patrocinio para que lo imite en su sabiduría, en su destreza y también en su virtud. Asimismo la iglesia oriental recomendaba al Iconógrafo invocar al apóstol San Juan para aprender y comprender el arte sacro. Quizás porque el evangelista-teólogo, al haber reclinado su cabeza sobre el pecho del Señor, no sólo conoció los secretos de Dios sino que se santificó al contacto del corazón de Cristo[5].

El Iconógrafo es un consagrado, y su espiritualidad girará en torno al misterio de la transfiguración, de la transustaciación. Recordemos cómo la Transfiguración del Señor, cual manifestación fulgurante de la luz divina, juega un papel tan capital en la vida mística del Oriente. Se comprende que, según las reglas tradicionales, el tema de dicho misterio fuese el primero que había de ser tratado por cada Iconógrafo, para que Cristo “hiciese brillar la luz en su corazón”. El manuscrito del Monte Athos que prescribe una epíclesis sobre dicho icono, agrega: “Que vaya (el artista) al sacerdote para que éste rece sobre él y recite el himno de la transfiguración”.

Las disposiciones de los Concilios le sugieren “trabajar con temor de Dios, porque éste es un arte divino”[6].

 

  1. PROFESIÓN EXIGITIVA DE SANTIDAD

El Iconógrafo está en permanente contacto con la santidad, ya que “lo que en los iconos se representa es santo”[7]. San Nicéforo calificaba a esos artistas de “varones inspirados y deíforos”[8].

Pocos como los iconógrafos pueden hacer tan suyas aquellas palabras de la Escritura: “Teniendo nosotros tal nube de testigos que nos envuelve” (Heb 12, 1). Sólo la experiencia espiritual, adquirida en la compañía de lo sagrado, puede inspirar las formas, los colores y las líneas que corresponden realmente a lo que se expresa en el icono. “Para pintar las cosas de Cristo es menester vivir con Cristo”, decía Fra Angelico. Este contacto con la santidad a través de los santos representados en los iconos escapará a los iconógrafos carnales que solo fijan su atención en la “superficie” sensible, así como a los que reducen el arte a la mera “técnica” artesanal. La imprecación que San Gregorio de nazianzo dirigiera contra los “charlatanes” sobre temas religosos: ¡Ay de los que transforman la teología en un “technydrion”![9], se podría aplicar, con mayor razón, a los malos pintores.

Se conoce la relación que existe entre el arte de hacer iconos y la elevada doctrina espiritual del hesicasmo, centrada en la “visión tabórica” de que gozaron los tres apóstoles privilegiados durante la transfiguración del Señor[10]. Esto muestra, al decir de Ouspensky, a qué nivel de santidad es llamado el Iconógrafo y cuán lúcida debe ser la conciencia de la responsabilidad que le incumbe cuando hace un icono. Su obra tiene cierto carácter pontifical ya que debe unir el arquetipo que representa en la tabla con los que lo van a contemplar, de modo que su mensaje se convierta en una fuerza viva y operante[11]. No olvidemos que el icono tiene como finalidad principal la deificación de los que se ponen en su presencia. Sólo quienes tienden con decisión al estado de deificación, los que han llegado a la contemplación, están capacitados para entregar a los demás lo contemplado, creando imágenes convincentes. Sólo tales imágenes podrán impulsar hacia Dios a quienes las contemplan. Ninguna imaginación artística, ninguna perfección técnica pueden reemplazar acá el conocimiento positivo “proveniente de la visión y de la contemplación”[12]. Antiguamente con frecuencia los iconógrafos  eran monjes, expertos en la vida espiritual: merced a la oración, el silencio y la ascesis, vivían sumersos en el mundo del más allá, en compañía de los santos. Porque, como enseña Florenskij, el icono no es simplemente una obra de arte, una obra de arte autosuficiente, sino una obra testimonial[13].

Ello no significa que para hacer rectamente un icono su autor deba ser por necesidad un santo canonizable ni un místico llegado a la unión transfigurante. Lo que se quiere dejar en claro es que la contemplación mística y la santidad en el artista son el término al que tienden de por sí las exigencias formales de su quehacer. Si no son santos, les será menester dejarse guiar por los santos. En este sentido escribe Florenskij que la mayor parte de los santos practicaron el arte, en cuanto que dirigieron con su experiencia espiritual las manos de los pintores de iconos técnicamente expertos como para encarnar sus visiones celestiales y suficientemente cultivados como para ser sensibles a sus santas sugerencias[14]. En esta forma una derivación de la vida que hace a los santos y a los contemplativos, pasa por el alma del artista[15].

De ninguna manera ha de resultar extraña esta colaboración entre el santo y el artista, observa Florenskij, ya que sobre todo en la época de oro del icono el trabajo cultural se desenvolvía por lo general comunitaria y colegialmente, como lo muestran las escuelas artesanales y las asociaciones reunidas en torno a un gran artista, bajo la guía de maestros espirituales reconocidos. Si incluso los Evangelios y los otros libros sagrados fueron redactados bajo una guía –el Evangelio de Marcos la del apóstol Pedro, y el evangelio de Lucas la del apóstol Pablo- no es extraño que de manera semejante los expertos del pincel, atentos a la revelación de la belleza eterna, la representasen en los iconos bajo el constante contralor de los santos. Eso, por supuesto, en el caso de que ellos mismos no fuesen santos. Durante la larga historia del cristianismo no ha habido época en que no hubiesen santos que fueran pintores de iconos y pintores de iconos que no fuesen santos, empezando por el evangelista Lucas. Por eso la Iglesia oriental, entre las diferentes categorías de santos, como son los doctores, mártires, etc., incluye la de los pintores de iconos canonizados por la coherencia con los requerimientos de su misión.

Este carácter exigitivo de santidad fue lo que motivó que la iglesia Ortodoxa se preocupase tanto por la conducta de los artistas. El Concilio de los Cien Capítulos (Stoglav), reunido en Moscú en 1551, prescribe controlar no solamente la calidad del arte sacro, sino también la vida personal de los pintores de iconos. En el cap. XLIII se lee: “En la imperial ciudad de Moscú y en todas las ciudades, por querer imperial toca al Metropolita, al arzobispo y al obispo vigilar sobre las varias funciones eclesiásticas. En especial sobre los santos iconos y los pintores de iconos… y sobre cómo deben vivir los pintores de iconos y hacer cuidadosamente la pintura del rostro carnal del Señor Dios y de su Madre Purísima, de las potencias celestes y de todos los santos que en los siglos fueron dilectos de Dios. El pintor de iconos debe ser humilde, manso, pío, no charlatán, ni fácil en reír, ni litigioso, ni envidioso, ni borrachín, ni ladrón… A aquellos que hasta ahora han pintado iconos sin instrucción, según su capricho y arbitrio y no según el modelo, les sean quitados tales iconos… y si se animasen a replicar: nosotros vivimos de esto y así comemos, no hagáis caso a ese su discurso; si bien ignoran que cometen pecado, no se debe permitir a esa gente ser pintores de iconos; muchas y diversas actividades manuales fueron dadas por Dios a los hombres para comer y vivir fuera de la pintura de iconos… Así pues los arzobispos y obispos en todas las ciudades y villas y en los monasterios de sus diócesis deben vigilar a los maestros de iconos y controlar sus pinturas…”[16].

La Iglesia Ortodoxa siempre tuvo en gran consideración al Iconógrafo, el hombre a quien Dios ha concedido la gracia de poder contemplar las cosas espirituales y la habilidad para representarlas, comparando su dignidad con la del sacerdote. Así leemos en un “Podlinnik” ruso (manual de instrucción para los pintores): “El sacerdote nos hace presente el Cuerpo del Señor en los oficios litúrgicos por la fuerza de las palabras… El pintor lo hace por la imagen”[17].

 

[1] Enéada V, 8, 9, 42; V, 10, 25 ss.

[2] Manual compuesto por Dionisio de Furna, sacerdote Iconógrafo, que vivió en el Monte Athos, donde se resume lo que desde hacía siglos se transmitía sobre temas y técnicas del icono. Este manual fue descubierto por Didron en 1839 entre los pergaminos arrinconados de aquel monasterio, y publicado en francés en 1845 bajo el título de “Guide de peinture”.

[3] Comienzo de una plegaria al Espíritu Santo.

[4] Denis de Phourna, Guide de peinture, Didron, París, 1845.

[5] Cf. P. Evdokimov, L’art de l’icone, Desclée, París, 1972, 153.

[6] Cit. EN p. Evdokimov, El conocimiento de Dios en la tradición oriental…, 157.

[7] Simeón de Tesalónica, Dial. Contra las herejías 23: PG 155, 113.

[8] Apologeticus pro sacris imaginibus 32: PG 100, 725.

[9] Cf. In Or. 27, 2: PG 36, 13. Escribe P. Evdokimov que si nadie puede decir ¡Jesús es el Señor! Si no es por el Espiritu Santo (cf. 1 Cor 12, 3), nadie puede tampoco representar la imagen del Señor si no es por el Espíritu Santo, el Iconógrafo divino: cf. L’art de l’icone…, 13.

[10] Cf. L. Ouspensky, L’icone, visión du monde spirituel…, 13.

[11] Cf. La Théologie de l’icône…, 242.

[12] L. Ouspensky, L’cône, visión du monde spirituel…,23.

[13] Cf. Florenskyj, P., Le Porte Regali. Saggio sull’icona, Adelphi, Milano, 1977, 151-152.

[14] Cf. Ibid., 91

[15] Cf. J. Maritain, Arte y escolática…, 218-219.

[16] Cit. En P. Florenskij, Le Porte Regali…, 96-100.

[17] Cit. En T. Spidlik, El icono, manifestación del mundo espiritual, en Gladius…, 88.

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