LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR, Himno Akáthistos

Autor: P. Jesús Castellano OSB

Anunciación del Señor. Andrei Rublev

Anunciación del Señor. Andrei Rublev

HIMNO AKÁTHISTOS

(Del griego akathistos significa no sentado; de pie). Es un himno del Oficio de la Liturgia Griega – en honor de la Madre de Dios. El título es uno de eminencia; dado que, mientras en otros himnos similares se permite a la gente sentarse durante parte del tiempo, este himno parcialmente se lee, parcialmente se canta, todo de pie).

Poesía y teología litúrgica 

Los Padres de la Iglesia han comentado exhaustivamente este episodio en Oriente y en Occidente. San Bernardo pone en vilo toda la creación ante la respuesta de María. El Himno Akáthistos entrelaza las alabanzas a la Virgen y la narración poética del misterio en estas cuatro secuencias poéticas:

 

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San Gabriel Ancángel. Icono pintado por P. Jaime Martinez Spezza IVE

San Gabriel Ancángel. Icono pintado por P. Jaime Martinez Spezza IVE

El envío:

Un Arcángel excelso fue enviado del cielo

a  decir “Dios te salve” a María.

Contemplándote, oh Dios, hecho hombre

por virtud de su angélico anuncio,

extasiado quedó ante la Virgen

y  así le cantaba…

Siguen las doce aclamaciones en las que recuerda el principio de la creación y de la historia de los padres, de la que María es compendio y glorioso rescate:

 

Salve, por ti resplandece la dicha.

Virgen con el Niño, mosaico de Santa Sofía.

Virgen con el Niño, mosaico de Santa Sofía.

Salve, por ti se eclipsa la pena.

Salve, levantas a Adán el caído.

Salve, rescatas el llanto de Eva…

Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre.

Salve, abismo insondable a los ojos del Ángel.

Salve, tú eres de veras el trono del Rey.

Salve, tú llevas en ti al que todo contiene.

Salve, lucero que el sol nos anuncia.

Salve, regazo del Dios que se encarna.

Salve, por ti la creación se renueva.

Salve, por ti el Creador nace niño.

El diálogo:

La imagen más antigua de la Virgen con el Niño y profeta Balaan  (probable), señala estrella. C. Sta. Priscila. Siglo II

La imagen más antigua de la Anunciación a la Virgen con el Niño. C. Sta. Priscila. Siglo II

Conociendo la Santa

Que era a Dios consagrada,

Al Arcángel Gabriel le decía:

“Tu mensaje es arcano a mi oído

y difícil resulta a mi alma;

 insinúas de Virgen el parto”.

 Exclamando: Aleluya.

 

La respuesta:

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La Virgen del Signo (Isaías 7,14) La Imagen aparece con tres estrellas que indican: “Virgen antes, durante y después del parto”.

Deseaba la Virgen comprender el misterio

Y al heraldo divino pregunta:

“¿Podrá dar a luz criatura

una Virgen? Responde, te ruego”.

Reverente Gabriel contestaba

 y así le cantaba…

Siguen de nuevo las doce solemnes frases de alabanza, precedidas por el saludo “Salve”. Y la respuesta es la enumeración de todas las maravillas de las que la Virgen María es la primicia:

 

Salve, milagro primero de Cristo;

Salve compendio de todos sus dogmas…

 

El misterio del Verbo Encarnado:

Todo concluye, en este primer episodio, con la solemne afirmación de la Encarnación del Verbo:

La virtud de lo alto

la cubrió con su sombra

e hizo Madre a la Esposa Inviolada.

Aquel seno por Dios fecundado

germinó como fértil arada

para todo el que busca la gracia

y aclama: Aleluya.

Es el comentario poético al texto lucano y al prólogo de Juan que un antiguo prefacio de la liturgia mozarábica así resume engarzando el saludo del ángel, la acogida de María y la acción del Espíritu:

“Es digno, justo, conveniente y saludable celebrar la prodigiosa venida de Jesucristo nuestro Señor, al cual el mensajero celeste anunció que debía nacer entre los hombres y por los hombres; que la Virgen acogió en la tierra después del saludo del ángel, que el Espíritu plasmó mientras se encarnaba, a fin de que la realización de la promesa de Gabriel, por la fe de María y la cooperación del Espíritu de Dios, siguiera al saludo, el hecho mostrase cumplida la promesa, y la Virgen comprendiese que había sido fecundada por la misteriosa potencia del Altísimo. El Ángel anunció: “He aquí que concebirás en tu seno y darás a la luz un hijo”. “¿Cómo será esto?” preguntó María. Pero preguntó creyendo, sin dudar; el Espíritu Santo cumplió entonces lo que el Ángel había anunciado. María, virgen antes de la concepción y que permaneció virgen también después del parto, concibió a su Dios, primero en la mente y después en su seno. La Virgen, llena de la gracia de Dios, fue la primera en acoger al Salvador del mundo y por ello se convirtió en la verdadera Madre del Hijo de Dios, adorado por los Ángeles”.

 

En oración ante el misterio

Son innumerables los textos litúrgicos que se inspiran en este episodio evangélico. Citamos sólo algunos para nutrir nuestra oración ante el icono con la fe de las diversas tradiciones eclesiales del primer milenio en la unidad de la fe católica.

Con la fe de la comunidad judío-cristiana del siglo II decimos las palabras de la Oda de Salomón:

“El Espíritu extendió sus alas sobre el seno de la Virgen y ella concibió y dio a luz, y fue a la vez Madre y virgen, con extrema ternura. Quedó encinta y dio a luz, sin dolor, un hijo; lo alumbro con gozo; lo poseyó con amor; lo amó como Salvador; lo protegió suavemente; lo mostró con toda su grandeza”

Con un texto del siglo V, conservado en el Rótulo de Ravenna, testigo de la fe de las grandes ciudades del Adriático, confesamos:

“Oh Dios que en la plenitud de los tiempos has manifestado el esplendor de tu presencia luminosa, mediante la maternidad de la santa Virgen María, para que disipadas las tinieblas del error, veneremos siempre con fe intacta y actitud humilde, el misterio de la Encarnación y lo celebremos con devoción”.

La Madre de Dios Fuente de Vida.

La Madre de Dios Fuente de Vida.

La liturgia etiópica nos ofrece estas afirmaciones ingenuas y llenas de encanto en la Anáfora de la Virgen:

 

“Oh María, inmensidad del cielo, fundamento de la tierra, profundidad de los mares, luz del sol, belleza de la luna, esplendor de las estrellas del firmamento… Tu seno llevó a Dios, ante el cual el hombre comparece tembloroso. En tu vientre ardió el carbón incandescente… Tú eres el canastillo de este pan ardiente (la Eucaristía) y la copa de este vino…”

Con la más sencilla y universal tradición hacemos nuestro el saludo del Ángel, repetido en cada Ave María.

 

El misterio se refleja en nosotros

Cada icono refleja la dimensión salvadora de Dios sobre nosotros. El icono revela quiénes somos nosotros. El episodio evangélico refleja el misterio de nuestra vida. María en su Anunciación es el icono del cristiano y de la Iglesia. Una Iglesia que escucha la palabra de Dios y se llena del Verbo, para encarnarlo, para darlo en su propia carne.

El cristiano está llamado a ser portador de Cristo y hasta “madre de Cristo”, como dicen audazmente los Santos Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio. Si se vive la palabra, hacemos que Cristo nazca y crezca en el corazón. La Anunciación es el misterio de la vocación a un sí totalitario, como el de la Virgen. Es el compromiso de una colaboración en la que Dios sigue buscando cómplices que lo acojan y lo introduzcan en el mundo, por la puerta real de la libertad humana y de la caridad que lo hace presente entre la humanidad.

La Virgen, evangelizada en su Anunciación y evangelizadora al transmitirnos el Verbo hecho carne, con su carne y su sangre es imagen de la Iglesia y del cristiano.

El icono de la Anunciación es el icono del “SI” sin reservas, la puerta de los misterios, la manifestación de la ternura de Dios y de su confianza en el hombre. Es el icono de la dignidad con que la Virgen responde libremente a Dios entregándose totalmente y sin reservas para hacer de su propia historia una historia de perenne y fiel colaboración con Dios.

La liturgia romana canta en un prefacio el misterio de este “sí” de María y da gracias al Padre con estas palabras:

“Porque la Virgen creyó el anuncio del Angel:

que Cristo, por obra del Espíritu Santo,

iba a hacerse hombre por salvar a los hombres;

y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor.

Así Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel

y colmó de manera insospechada la esperanza de todos los pueblos”.

Así, en la actitud acogedora de María se refleja la fidelidad que el cristiano y la Iglesia deben al Dios que sigue llamando para que se abran de par en par las puertas al Salvador.

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2 comentarios

  1. Bello..Emocionada hasta las lágrimas.Gracias.

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