HACIA LA RESTAURACIÓN DEL ARTE SACRO

Autor: R. P. Alfredo Sáenz, S. J.

AP3314

Rouault, El divino Rostro

No podemos limitarnos a ser los testigos de una decadencia al parecer ineluctable. Es preciso reaccionar decididamente contra ella.

  1. LAS FALSAS SOLUCIONES

Hay quienes propician volver simple y llanamente a los estilos anteriores; si se trata del Occidente, retornar al románico o al gótico. No nos parece la solución adecuada. Ya decía Eckhart que “para ser correctamente expresada, una cosa debe proceder de dentro, movida por su forma; debe ir, no de fuera a dentro, sino de dentro a fuera”. Siempre que se imita servilmente las exterioridades de un estilo ajeno la operación del artista queda viciada, e inmediatamente detectamos en ese caso no tanto una falsificación como una caricatura[1].

Otros, en cambio, entre ellos el dominico francés P. Régamey, proponen una solución diversa, y es acoger en las iglesias el arte moderno. La ósmosis del artista y de su época, asevera este último, constituye una exigencia ineludible. Si en la actualidad así no sucediera, correrían dos líneas paralelas, por una parte, una Iglesia que para mantener su puridad se vería obligada a expresarse en total desconexión con los artistas reconocidos como tales, y por otra, un arte que no se preocuparía prácticamente de lo religioso; en resumen, un cristianismo sin arte y un arte sin cristianismo. El mismo Régamey se plantea, en lógica consecuencia, la posibilidad de que incluso artistas alejados de la Iglesia, y hasta incrédulos, puedan realizar un arte cristiano. En nuestro tiempo, asegura, los más altos valores del arte están representados por artistas que en gran parte no se interesan por la Iglesia, e incluso mantienen hacia ella una actitud hostil, como los marxistas. Habrá que preguntarse si a lo mejor un marxista no estará en condiciones de imprimir a las formas de su creación una cualidad más sagrada que la que les pueden dar a las suyas artistas cristianos sin genio. Su marxismo puede muy bien no ser sino el efecto de la generosidad de su corazón, de su sed de justicia. Ha de considerarse, pues, cada caso. Es evidente, concluye, que se trata de una situación anómala, que resultaría escandalosa en un régimen de verdadera cristiandad, pero en el estado en que estamos se justifica dicha decisión. En consecuencia con esta actitud pastoral, Henri Matisse, un pintor cuya obra es una especie de apoteosis del hombre-máquina, fue invitado a decorar los muros de la pequeña iglesia de Vence (Francia) con las letanías de Nuestra Señora; y diversos arquitectos que sustentan posiciones doctrinales totalmente materialistas fueron contratados para construir iglesias.

HENRRI MATISSE. Capilla de Vence, Francia.

HENRRI MATISSE. Capilla de Vence, Francia.

Sedlmayr ha terciado en esta polémica. Según su opinión no es admisible el argumento que a menudo se esgrime para defender el arte moderno, a saber, que por el hecho de que expresa el caos de nuestra época es el único “sincero”. Es verdad que la imagen desgarrada que del hombre da el arte moderno es indudablemente “realista”, acorde a lo que “en realidad” sucede. “El hombre, como ser espiritual y moral, se parece hoy realmente a una escultura de Epstein o de Archipenko, a una figura de Picasso o de Dalí…”, afirma Montesi. Pero para convertir esta constatación en justificación, habría que aceptar una tesis errónea, y es que el arte es o debiera ser esencialmente una “expresión de la época”. Tesis que a su vez no es sino el síntoma de una actitud general ante las circunstancias, que no sabe trascender la temporalidad. “El Arte es sólo accesoriamente ‘expresión de su época’; esencialmente es intemporal: una epifanía de la intemporalidad y la eternidad refractada en el tiempo. La negación de esta eternidad es esencialmente negación del Arte”[2].

 

En coincidencia con Sedlmayr, nos parece que la solución propuesta por Régamey responde a una pastoral equivocada, sobre la base de que en una sociedad casi enteramente laicizada en su mentalidad y en sus instituciones, el único arte capaz de conducirla a Dios no puede ser un arte cristiano, sino un arte que partiendo de su espíritu tienda a cristianizarla, es decir, que vaya a buscarla allí donde está, en sus modos de pensar y de sentir, se haga materialista con los materialistas, todo a todos, en orden a hacerla finalmente cristiana. Pero nos preguntamos si la laicización artística del mensaje evangélico –lo que no sería más que una manera, la del siglo XX, después de la manera “burguesa” del siglo XIX, de acomodarlo al tren del mundo, y de obviar “piadosamente” el escándalo y la locura de la cruz- no será ofrecerle a la mentalidad moderna las últimas facilidades que pueden faltarle para fagocitar lo poco de divino que todavía queda en la sociedad. No hay que olvidar que lo eterno es precisamente lo que no está coaccionado a hablar el lenguaje de cada tiempo y sólo lo eterno puede librarnos de su limitada gramática[3].

Pero entonces ¿será posible hoy un arte sagrado? En un mundo cuyas estructuras económicas, sociales e intelectuales son directamente antropocéntricas y autonomistas, ¿cómo un arte sagrado vivo podría renacer de otra manera que por un milagro? Máxime cuando algo de ese espíritu se ha introducido en el seno mismo de la Iglesia…

En relación con esta posibilidad escribía no hace mucho el P. Couturier en una de sus cartas: “Usted me pregunta lo que pienso sobre las tendencias del Arte Sagrado moderno. A decir verdad, yo no veo tales tendencias y ni siguiera creo en la existencia ni en la posibilidad de un Arte Sagrado moderno; esperar un arte propiamente sagrado en una sociedad de tipo materialista, y específicamente un arte cristiano de naciones vueltas prácticamente paganas me parece una quimera… A falta de renacimiento de un arte propiamente sagrado, creo en la posibilidad de que aparezcan entre nosotros, y particularmente en Francia, obras de una inspiración ‘religiosa’ muy elevada pero rigurosamente individuales y generalmente fortuitas, obras nacidas espontáneamente y como al azar, precisamente de donde menos se las espera. Es decir, que creo en los milagros”.

En lo que toca al arte moderno debemos reconocerle, sin embargo, un logro incuestionable, y es la destrucción que ha llevado a cabo del academismo racionalista y de la horrible sensiblería. El arte moderno ha demolido los esperpentos de los siglos recientes, ha burlado el mal gusto del siglo XIX, y en esto es refrescante. Las formas exteriores están deshechas. “Acá como en el tiempo de las catacumbas el arte toca su límite inmanente –escribe Evdokimov-, y por su dialéctica interna se pone inextricablemente ante la última elección entre vivir para morir o morir para vivir”[4].

Afirma Sedlmayr que incluso las obsesionantes visiones infernales que frecuentemente nos ofrece el arte moderno, parecen esconder una cierta nostalgia de la salvación, una implícita invocación a Dios. Y ello es indudablemente más saludable que la despreocupada concepción académica o tontamente sentimental del arte anterior. De ahí que resulte vano buscar el remedio en un simple retorno a la situación pretérita. Querer combatir la inhumanidad de la época, que con tanta crudeza se manifiesta en el arte moderno, en nombre de un mero “humanismo”, sería un verdadero desatino. “Es como si quisiéramos distraer de su dolor a una persona que sufre, obligándola a sonreír constantemente; su sonrisa no podría ser más que una máscara”[5]. Por eso nos parece tan estéril la actitud actual de algunos católicos que para oponerse a la introducción del arte moderno en la Iglesia levantan la bandera del arte preconciliar y sulpiciano. Dejemos que los muertos entierren a sus muertos…

Se impone, pues, trabajar en pro de la renovación del arte en general, y especialmente del arte sagrado, lo que implica una tarea de largo aliento. Sin embargo, como bien dice Sedlmayr, sólo puede desear seriamente la renovación quien siente como una enfermedad la situación presente, quien sufre por ella y se avergüenza por el estado deplorable en que se encuentra el hombre. “En lo que al Arte respecta, tal vez no sea por lo pronto posible, y acaso no por largo tiempo, fundar nada en un centro. Debe, sin embargo, perdurar, por lo menos, la conciencia viva de que en el centro perdido se encuentra el trono vacío del hombre perfecto, del Dios-hombre”[6].

Algunos artistas contemporáneos no dejan de suscitar alguna esperanza de lenta reconstrucción. Podemos citar sobre todo un grupo de franceses, entre los cuales Charlier, Denis, Rouault…

Rouault no podía pintar mujeres bellas y sensuales, rebosantes de vida, como lo habían hecho Rubens o Renoir. No en vano había sufrido la tragedia de dos guerras mundiales y las injusticias de una sociedad hedonista y materializada. En su arte se refleja la experiencia existencial de este mundo. Su veredicto es claro: ética y estéticamente es un mundo feo. “El expresionismo simbólico de Rouault –escribe Estrada Herrero- viene a ser una de las más grandes aportaciones del arte contemporáneo. Sus obras son símbolos de las tragedias morales y espirituales de nuestra sociedad. Rouault no puede recurrir a formas bellas, porque la realidad que ha conocido es, moral y espiritualmente, fea, las mujeres de sus óleos son seres extraños, sin femineidad alguna, con la sola ilusión de flotar y flotar en las pestilentes y sucias aguas de una inmensa cloaca hedonista. Los jueces que nos pinta el artista son meros fantoches de una sociedad sin ley. ¿Y los payasos de Rouault? Son los únicos personajes realmente auténticos: no pueden reír, ni hacen reír, sólo lloran. Para Rouault nuestro mundo es feo; es un mundo en el que los payasos lloran”[7].

Este artista, católico convencido, es pariente espiritual de León Bloy, colega en sus santos furores. El pensó que aún no había llegado la hora del arte sagrado, reservando los temas religiosos para cuando fuese más digno. En sus tipos humanos, donde se manifiestan las taras de la humanidad y la decrepitud de las instituciones, es tan terrible como Goya. Es el gran pintor del pecado original, del hombre caído, y del Cristo que carga con nuestra iniquidad. Rouault representa lo que se podría llamar la vía purgativa del arte sacro.

Entre nosotros podemos citar a Víctor Delhez, el gran xilografista belga radicado por años en Chacras de Coria, Mendoza; Guillermo Buitrago, con sus formas tan convincentes, sus esculturas, pinturas y cerámicas; Juan Antonio Spotorno, siempre igual y sin altibajos en su elevado nivel artístico; Juan Antonio Ballester Peña, el pintor terrible pero admirable, que nos ha dejado tantas obras espléndidas como el Sagrado Corazón de la basílica de Santo Domingo, en Buenos Aires[8]; y sin duda, algunos más…

VICTOR DELHEZ. Babilonia presa de demonios y espíritus inmundos. XVIII, 1-2. 4

VICTOR DELHEZ. Babilonia presa de demonios y espíritus inmundos. XVIII, 1-2. 4

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Cf. A. K. Coomaraswamy, Teoría medieval de la belleza…,

[2] El arte descentrado…, pp. 202-203.

[3] Los teólogos orientales han criticado vehementemente esta tendencia de algunos occidentales de recurrir a artistas incrédulos, especialmente Ouspensky, el cual arguye diciendo que ni siquiera para pronunciar un sermón, que tiene mucha menos importancia en la Iglesia que la imagen, se invita jamás a una persona que pertenezca a otra religión o a un ateo cuyo único mérito sería el de ser un orador brillante: cf. Essai sur la théologie de l’icone…, pp. 12-13.

[4] Initiation a l’icone…, pp. 24-25.

[5] El arte descentrado…, pp. 193-195.

[6] Ibid., p. 233. Recordemos cómo en las iglesias antiguas se solía simbolizar el anhelo por la vuelta gloriosa del Señor al fin de los tiempos mediante un trono vacío, la Etimasía.

[7] Estética…, p. 462.

[8] Conversando con él en cierta ocasión sobre la posibilidad de que entre nosotros algunos artistas importantes pudieran hacer arte sagrado, me decía, con su lenguaje habitual tan lejano de cualquier tipo de componenda, que ello no se podía esperar por el momento, y refiriéndose concretamente a conocidos pintores argentinos que lo pretendían, me aseguró que por ahora lo único que ellos podían hacer era empezar por diseñar tapas de bomboneras… y de allí en más, ya se vería.

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3 comentarios

  1. Pienso a veces que si algún artista moderno pidiera que le pinten un retrato del padre o de su madre o de un hijo suyo,de seguro no le gustaría que fuera arte moderno, ese que deforma la realidad,cuanto más debería ser respetado el rostro de Jesucristo,el de la Sábana Santa,el verdadero rostro de Jesús,y debería perdurar por los siglos al igual que la Palabra del Señor que es verdadera en cualquier tiempo que sea.La palabra sagrada, las imágenes sagradas,porque es a Él, a quien nos referimos, debe guardarse el respeto debido.

  2. Lo del arte supliciano da para un artículo completo, ojala pueda escribirlo padre.
    Si Dios nos creó y nos puso a vivir en el paraíso, y como consecuencia del pecado original fuimos desterrados , es lógico que tengamos sed de belleza y la busquemos por todas partes, pero el arte sacro debe estar pintado para los ojos del alma, no físicos. Debe elevar el espíritu no los sentidos…

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