Fiesta del BAUTISMO DEL SEÑOR

Autor:  Jesús Castellano Cervera, OCD. de su libro “ORACIÓN ANTE LOS ICONOS”

Bautismo del Señor, esc. Novgorod1

Bautismo del Señor, esc. Novgorod

Texto bíblico: Mateo 3,13-17

El icono del Bautismo del Señor o de la Santa Teofanía, como llaman los oreintales a la fiesta de la Epifanía, es una imagen cristológica cargada de misterio y de significado salvífico. Refleja con fidelidad el episodio evangélico narrado por los cuantro evangelistas, con toda la importancia que le ha atribuido siempre la tracición oriental, sobre todo a través de las homilías de los Padre de la Iglesia como se puede ver fácilmente en las lecturas del oficio que la iglesia ofrece en los días que van desde la fiesta de la Epifanía hasta el Bautismo del Señor.

Nos adentramos en este misterio con la ayuda del icono para percibir todo el mensaje que viene de la narración evangélica, de la fiesta litúrgica y de la espiritualidad patrística. El icono lo recoge todo en una síntesis de símbolos y colores.

De la narración evangélica a las primeras representaciones iconográficas

Los cuatro evangelistas relatan con sustancial unanimidad el episodio-misterio del Bautismo del Señor. Los elementos iconográficos que realzan la escena son el rio Jordán en el que entra Cristo el Señor para recibir el bautismo, y Juan el Precursor que lo sumerge en el agua tras haber titubeado ante la humildad de Jesús.

Hay otros elementos que hacen de este episodio una “teofanía”, una manifestación del Dios uno y trino en Cristo, uno de la Trinidad, Primogénito del Padre: la paloma que se posa sobre Jesús, los cielos que se rasgan, la voz del Padre que se hace oír ahora –como se hará oír también en la Transfiguración- con estas palabras: “Este es mi Hijo predilecto en quien tengo todas mis complacencias”. Todos los elementos son comunes a los evangelios sinópticos. Lucas  precisa que Jesús estaba en oración y que la paloma se presentó en forma corporal. Juan evangelista pone indirectamente el relato como testimonio de Juan el Bautista y añade sólo el detalle del Espíritu que se posa sobre Jesús y con él permanece; con una afirmación que es semejante a la de Lucas. Jesús es ungido con la presencia del Espíritu que se posa sobre Él y en Él permanece (cf. También Lc 4, 16-21).

Baptisterio arriano de la ciudad de Ravenna.

Baptisterio arriano de la ciudad de Ravenna.

No han tenido dificultad los primeros iconógrafos para representar al vivo esta escena del Bautismo del Señor. Entre las representaciones más antiguas y clásicas hay que contar las cúpulas de los baptisterios de la ciudad imperial de Ravenna, con una soberbia representación en mosaico del Bautismo del Señor tanto en el baptisterio de los ortodoxos como en el de los arrianos; en los dos casos la escena evangélica está rodeada de la presencia de los apóstoles en el círculo de la bóveda en mosaico.

La escena ya da prácticamente la matriz de los elementos iconográficos que mantienen una cierta unidad en las representaciones de iconos y mosaicos en la tradición de Oriente.

Los elementos cósmicos en el Bautismo del Señor.

Como en todos los iconos, el cosmos con sus elementos está presente y subraya que los misterios de la salvación se realizan en medio de la creación, que los elementos creados por Dios tienen también su función mediadora y epifánica, manifestadora del poder de Dios, y que en estos elementos se anticipa la revelación esperanzada de la creación entera que gime ansiando la liberación, los cielos nuevos y la tierra nueva.

He aquí algunos elementos cósmicos con su significado:

Icono actual del Bautismo del Señor realizado por el iconógrafo chileno Gerardo Centeno. Iglesia Ortodoxa de Chile.

Icono actual del Bautismo del Señor realizado por el iconógrafo chileno Gerardo Centeno. Iglesia Ortodoxa de Chile.

Los cielos. En perfecta fidelidad con las narraciones evangélicas, el icono en su parte superior nos muestra el cielo abierto, en plena comunicación con la tierra. Puede ser un semicírculo que indica la divinidad que se comunica y se manifiesta a través de un rayo de luz que tiene como punta terminal una paloma, símbolo del Espíritu Santo.

La tierra y las montañas. Según la forma clásica de los iconos, el panorama presenta un fondo de montañas pedregosas, ligeramente iluminadas con un color de planos las orillas del río a los personajes que se sitúan a la derecha y a la izquierda de Jesús.

El río Jordán. Según la diversidad de los iconos el río aparece en algunas versiones pictóricas como una simple corriente de agua en la que Jesús está inmerso, a veces hasta la cintura, a veces hasta el cuello. Con mayor frecuencia se presenta como una gruta llena de agua en la que Jesús se sumerge. El elemento de la gruta es simbólico y nos remite a otros iconos donde la gruta significa la bajada, la humillación y kénosis del Verbo: la gruta de Belén y el sepulcro de Cristo. Los inifernos iluminados por la presencia del Resucitado tienen relación con esta gruta-río donde Jesús recibe el Bautismo. Lo mismo podemos decir del agua del Jordán. A veces se representa como corriente impetuosa; a veces está apenas casi sólo insinuada con una serie de rayas onduladas. En el río encontramos a veces peces, algún dragón y la misteriosa figura de un hombre –el río Jordán personificado- y tal vez de otros dos jóvenes inmersos en el agua que significan a Ior y Dan, los afluentes del Jordán.

Cielo, tierra y agua. Hay una evocación que nos recuerda el Génesis y el principio de la creación. Tiene una función especial de evocación simbólica la paloma del Espíritu, ese Espíritu que desde el principio aleteaba sobre las aguas, imagen de la fecundidad con que toda la creación recibe la vida y la capacidad de trasmitirla por la fuerza del Espíritu creador.

El Bautismo de Jesús pertenece a la revelación del misterio de la nueva creación; las aguas se asocian a esta fecundidad: el hombre es lavado y sumergido en las aguas primordiales de su regeneración (palingénesis), en el sacramento del Bautismo, misterio que encuentra en el Bautismo de Jesús su modelo y su arquetipo. Por eso el cielo, la fuerza sobrenatural que viene de lo alto, se abre sobre la tierra, se vuelca sobre las aguas, para fecundarlas y bendecirlas.

La manifestación de la Santa Trinidad

En el Bautismo del Señor se manifiesta solemnemente la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por eso esta fiesta se llama en Oriente Teofanía y puede ser llamada también Epifanía, pero teniendo en cuenta que la referencia primordial no es la adoración de los magos, como diremos, sino esta especial manifestación de Jesús, y en él de la Trinidad, en el momento del Bautismo.

El Padre. Raramente  aparece su figura en los iconos, pero no faltan representaciones en las que desde lo alto aparece la figura de un anciano venerable de cuya boca parte el rayo de luz que termina en la paloma. Existen incluso iconos en los que las letras griegas señalan suavemente el título: O’ Patér, el Padre. Dios Creador y Padre que revela a Cristo como Hijo amado y por lo tanto se revela como Padre que revela a Cristo como Hijo amado y por lo tanto se revela como Padre de Cristo, su principio y su meta. De él se desprende una gozosa condición de filiación. Es el Padre y Creador de todo. Él es el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

El Hijo. Jesús aparece en el centro del icono, cubierto por las aguas del río Jordán. Su cuerpo, totalmente desnudo, nos presenta la realidad de la Encarnación, la verdad de su carne, su condición humana, mortal como la nuestra. Es él el nuevo Adán. Es el siervo que carga sobre sí los pecados del mundo o el cordero que borra los pecados del mundo, según la doble lectura que se puede hacer del texto de Juan (Jn 1,29). Con un sentido de solidaridad con la humanidad pecadora se ha adelantado hasta el Jordán, donde se congregan los pecadores, y  ha pedido ser bautizado. En él los pecados serán perdonados; la humanidad será redimida. Pero este Bautismo es anuncio y profecía del verdadero Bautismo que es la pasión y la muerte, la inmersión en el límite de la condición mortal, para devolvernos la vida.

El Espíritu Santo. Con la misma evidencia que los textos evangélicos, el icono  nos presenta la paloma como signo del Espíritu Santo. En la simbología del Espíritu como paloma convergen las dos indicaciones del libro del Génesis: la creación sobre la que aletea el espíritu del Señor y la paloma que Noé libera desde el Arca y vuelve con un ramo del olivo en el pico. La escena acuática del Bautismo sugiere las dos escenas de los principios de la historia salvífica. El Espíritu se posa sobre Jesús porque es el Mesías, porque es el Hijo. Lo cubre y lo protege. Es signo de su defensa y de su vitalidad. Jesús se retirará muy pronto al desierto empujado por el Espíritu. El Espíritu que aletea sobre Jesús es garantía de la paz de la nueva Alianza en Cristo, de la reconciliación de los cielos y la tierra.

La posición simétrica del Padre, del Espíritu y del Hijo en una estupenda verticalidad indica ese misterioso orden con el que el Espíritu precede al misterio de la Encarnación del Verbo. El Espíritu prepara el camino del Berbo Encarnado. El Espíritu se adelanta, por decirlo así, para mover a Jesús en todas sus palabras, obras y oraciones, para empujarlo en su misión hasta la cruz y la gloria. Indica también, como en el icono de Pentecostés, cuál será la misión del Espíritu en la iglesia y en cada uno de los cristianos.

No se puede olvidar la semejanza que tiene este icono con otros episodios en los que el Espíritu aletea sobre el marco de un evento misterioso: la Anunciación a María, ante todo y, en  algunas representaciones, la Ascensión y Pentecostés. Misteriosa presencia de la Paloma que nos esconde el rostro del Santo Pneuma que es Espíritu Bueno, vivificante, Señor y dador de vida.

El Precursor y los ángeles

Al misterio de la Teofanía asisten como testigos del cielo los ángeles, misteriosas presencias en varios iconos de la vida del Señor, y como protagonista en la tierra, Juan el Bautista.

El  Precursor.  Juan el Bautista aparece en el icono con los rasgos inconfundibles de su iconografía. Alto, esbelto, macilento. Es el penitente del desierto que con su predicación atrae las multitudes. Con frecuencia se le representa con alas, para indicar su vida casta, su virginidad. Es el “ángel en la carne” como canta el oficio bizantino; semejante en ello al profeta Elías de quien es presencia cumplida. En el icono aparece con toda su majestad y con toda la condescendencia humilde del discípulo precursor de Jesús, que, aun no sintiéndose digno, obedece al maestro y lo bautiza.

Juan es el Precursor, el Pródromos, según la terminología griega que los orientales prefieren. Pero es el Amigo del Esposo, según la misteriosa indicación de Jesús que lo cuenta entre sus amigos y servidores por su misión de preparar sin acaparar, de anunciar sin confundir; él disminuye y Jesús crece; se aleja para darle paso, oreinta hacia el Esposo todos los demás amigos del Esposo, los disciípulos. Y anticipa la muerte de Jesús con su propia muerte de perseguido por la justicia.

Testigo de la Teofanía del Jordán, Juan aparece con la grandeza de ser el último de los profetas, el más grande entre los nacidos de mujer, pero a la vez ya uno de los “pequeños del Reino” que ha acogido y ha anunciado el misterio de Jesús. Juan es su nombre. Anuncio de misericordia. La que había prometido Dios a nuestros padres en la fe. La que él anuncia a los que se arrepienten.

Así, como el discípulo que derrama el agua sobre el maestro, inclinado en una profunda y sentida actitud de adoración, Juan es la figura del discípulo siervo, del Amigo del Esposo. Por eso en el icono de la “Deesis”, la intercesión, en esa teoría de los santos que a derecha e izquierda rodean la figura de Cristo Sacerdote y Juez, en perfecta simetría con la Madre de Dios, ocupa el lugar primero entre los santos. A una parte la Virgen, la Esposa, la santidad femenina. Al otro lado Juan, el Amigo del Esposo, la santidad masculina. En este episodio del Bautismo de Jesús tenemos el ministerio central de Juan, siervo de la Teofanía y de la unción mesiánica de Cristo.

Los ángeles. En la otra orilla están los ángeles, testigos de laEncarnación y de los otros misterios del Berbo. A veces tres, para significar la Trinidad; a veces son más, siempre en actitud de servicio; con sus vestidos elegantes, pero llevando en sus manos con inmensa reverencia unos lienzos para enjugar el cuerpo bañado de Jesús al salir del río. Como una anticipación del servicio que en el desierto le harán los ángeles, ya en las orillas del Jordán vemos que anticipan su misión de servidores del Verbo encarnado.

Son los ángeles que están presentes en el icono de Navidad, testigos del misterio, mensajeros de la Buena Nueva, adoradores en espíritu y en verdad. Los que asisten atónitos a la Crucifixión y levantan el trofeo de la cruz en la Resurrección. Esos ángeles los veremos también en el icono de la Ascensión del Señor a los cielos, llevando en un círculo de gloria a Cristo que sube al cielo.

Su presencia en este icono es el signo de su constante asistencia en la vida de Jesús y en su ministerio de gracia a favor de los hombres.

 

Del icono a la fiesta

El icono del Bautismo del Señor tiene una estrecha relación con la fiesta litúrgica. Una fiesta que tiene diversas modulaciones en Oriente y en Occidente.

En Oriente la fiesta del Bautismo del Señor es la fiesta de Epifanía o mejor de la Teofanía, y cae el 6 de enero. Con una terminología mistérica se le llama la “fiesta de las luces” o las luces (ta photà). Es la gran fiesta de oriente en el tiempo del solsticio de invierno, la fiesta de la manifestación del Señor en la carne, con su referencia, sobre todo, al episodio del Bautismo, principio de la vida pública del Señor.

Como fiesta de la luz tiene un origen pagano y está relacionada con el ritmo cósmico de las estaciones en el área del mediterráneo. Es la antigua fiesta de la diosa Kore en Egipto. En su más antigua referencia apócrifa parece que hay que relacionar esta denominación de la fiesta de la luz con el Bautismo del Señor por el hecho de que en el evangelio de los Ebionitas se dice que al salir del río Jordán, Jesús, después de ser bautizado, se vio envuelto en un haz de luz.

Son muchos los temas espirituales que el oficio divino de la liturgia bizantina pone de relieve en esta fiesta. Se trata de un compendio de teología del misterio dela redención y recoge las grandes ideas de los Padres de la Iglesia. Una síntesis de la teología de la fiesta plasmada en el icono la tenemos en este tropario de Cosme y Maium en el oficio vigiliar:

“Cristo es bautizado y sale del agua. Consigo hace salir al mundo. Ve los cielos abiertos, esos cielos que ádán había cerrado para sí y su descendencia. El Espíritu da testimonio de la divinidad y se posa sobre el que es su Semejante. Y una voz viene del cielo, de donde procede Aquél de quien se da testimonio, el Salvador de nuestras almas”.

Es un canto que expresa la experiencia de salvación del hombre y del cosmos. Cielos abiertos y mundo bautizado en el nuevo Adán. El acento de la fiesta, como hemos dicho, está precisamente en el tema de la revelación trinitaria y de la iluminación y santificación del cosmos. He aquí tres textos orientales para orar contemplando el icono y para remontarse de lo visible a lo invisible, del símbolo a su significado, de la fiesta al misterio.

La manifestación trinitaria

“Durante tu Bautismo en el Jordán, oh Cristo, se manifestó la adoración que merece la Trinidad; porque la voz del Padre te ha ofrecido su testimonio al llamarte Hijo amado; y el Espíritu, en forma de paloma, confirmaba de manera irrefutable la verdad de esta palabra. Oh Cristo Dios, te has manifestado y has iluminado el mundo. ¡Gloria a Ti!”.

El misterio de la iluminación. Canta la liturgia:

“Se ha manifestado la luz verdadera y a todos ha dado la iluminación. Cristo es bautizado junto con nosotros; Él que es más grande que todo lo que supera nuestro mundo; derrama la santificación en el agua y ésta se convierte en fuerza purificadora para nuestras almas. Es terrestre lo que contemplamos, pero más elevado de los cielos es lo que engendemos. Por la ablución del auga nos llega la salvación; por el agua nos llega el Espíritu; por la inmersión de nuestra naturaleza, conseguimos la ascensión hacia Dios. ¡-que admirables son tus obras, Señor! ¡Gloria a Ti”.

La santificaicón del cosmos. En el día de la Epifanía los orientales , en memoria del Bautismo del Señor, hacen la bendición de las aguas. En algunos lugares esta bendición se hace fuera del templo en una graciosa fuente con tres surtidores que son símbolo de la Trinidad. En Rusia los “popes” van a bendecir el agua delos ríos y de las fuentes. En esta ceremonia sugestiva resuena el hermoso texto de Sofronio de Jerusalén (s. VII), cuajado de referencias bíblicas, que cantan el hoy del misterio del Bautismo del Señor:

Hoy, la gracia del Espíritu Santo

desciende sobre las aguas en forma de paloma,

Hoy, las aguas del Jordán se cambian en remedio

por la presencia del Señor.

Hoy, qudan borrados los pecados de la humanidad

en las aguas del río Jordán.

Hoy, se abre el Paraíso delante de la humanidad

y resplandece sobre nosotros el sol de justicia.

Hoy, hemos conseguido el reino de los cielos.

Hoy, la tierra y el mar comparten la alegría del mundo”

Los Padres dicen que Jesús con su Bautismo, tocando el agua con su cuerpo le ha dado el poder de santificar las almas en el sacramento del bautismo delos cristianos. Aspecto cósmico de la Redención y de la economía de la salvación por medio de los sacramentos de la Iglesia.

En Occidente, la fiesta del Bautismo del Señor tiene menos tradición mistérica. Se recordaba y se recuerda el episodio evangélico en los himnos y antífonas de la fiesta de la Epifanía que concentra su atención en la adoración de los magos. Pero en el actual Misal Romano y en la liturgia de la Horas, el Bautismo del Señor ha adquirido una presencia que antes desconocía en la liturgia romana. Las lecturas de los Padres preparan la fiesta y en el prefacio del Bautismo del Señor la iglesia nos ofrece la síntesis de este misterio que alude a la unción de Jesús, a la revelación de la Trinidad y al misterio de nuestro bautismo.

Es nuestra oración de acción de gracias por el misterio que el icono nos revela, mientras recordamos los inmensos beneficios que Cristo nos ha conseguida y que trae a la memoria nuestro bautismo y nuestra filiación divina, a semejanza de lo ocurrido con Cristo a orillas del Jordán:

“En el Bautismo de Cristo en el Jordán

has realizado, Padre, signos prodigiosos

para manifestar el misterio del nuevo Bautismo.

Hiciste oír tu voz desde el cielo,

para que el mundo creyese que tu Palabra

habitaba entre nosotros.

Por medio del Espíritu, manifestado como paloma,

ungiste a tu siervo Jesús

para que los hombres reconociesen en él al Mesías,

enviado a anunciar la salvación a los pobres…”

Con la Iglesia oramos para que lo que es imagen expresiva en el icono, nos revele el misterio del Bautismo de Jesús y de nuestro propio Bautismo:

“Dios todopoderoso y eterno,

que en el Bautismo de Cristo en el Jordán

quisiste revelar solemnemente

que él era tu Hijo amado,

enviándole tu Espíritu Santo,

concede a tus hijos de adopción,

renacidos del agua y del Espíritu Santo,

la perseverancia continua en el cumplimiento de tu voluntad.

Por Jesucristo nuestro Señor, Amén.”

 

 

 

 

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3 comentarios

  1. Nunca habia contemplado este icono de manera tan bella,…tan maravillosas las oraciones e himnos de la iglesia antigua…
    Me llena de gozo,lo que he leido y contemplado,…me renueva y reconforta el alma
    Gloria a Dios que se manifiesta!!!
    Gloria a Dios, …Padre, Hijo y Espiritu Santo…

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