REALISMO ANTISIMBÓLICO

Autor: P. Alfredo Sáenz. De su libro: El icono, esplendor de lo sagrado

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Arte sulpiciano. Desgraciadamente uno de los misterios que ha recibido mayores ultrajes de parte [del arte sulpiciano] es el misterio del amor del Verbo encarnado, en la imagen del Corazón de Cristo.

Como muestra decadente de esta inclinación sentimental se destaca el llamado arte sulpiciano, cuyas estatuas y cuadros llenan nuestras iglesias. Es un ‘ersatz’ de arte, con productos hechos en serie, sometidos a los cánones del comercio y del negocio. Su existencia deplorable es uno de los frutos de la Revolución Francesa, que al suprimir por ley las corporaciones, arrebató a los artistas y a los artesanos la responsabilidad de su oficio para entregarlo a los hombres de dinero.

 

El arte religioso moderno ha roto con los “cánones iconográficos”, pretendiendo conquistar su independencia. Ello sólo podía realizarse si subjetivaba su visión, liberándola de su integración en el misterio litúrgico. Como ha dicho Evdokimov, si bien sigue representando plásticamente “temas religiosos”, ha perdido la antigua lengua sagrada de los símbolos y de las presencias[1].

 

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DOMINGO IV DE PASCUA, EL BUEN PASTOR.

Autor: P. Leonardo Castellani. De su libro “DOMINGUERAS PRÉDICAS”

cod.-414-400-il-buon-pastoreEvangelio según San Juan 10,11-18.
Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas.
El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.
Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.
Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí
-como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.
El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.
Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre”.

 

 

 

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DECADENCIA Y RESTAURACIÓN DEL ARTE SACRO II°

Autor: P. Alfredo Sáenz S.J. De su libro: El icono, esplendor de lo sagrado

EL DECLINAR DEL ARTE II°

6. ENDIOSAMIENTO E IDOLATRÍA

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“La autonomía y el narcisismo que caracterizan al artista moderno fácilmente lo conducen al endiosamiento o a la idolatría. Pocos son tan sensibles como él a la tentación de “ser como Dios”, de rivalizar con el Creador no sólo haciendo nuevas obras sino forjando nuevos mundos, que obedecen a nuevas reglas de juego, libremente establecidas por él… Esta sensación, que es el triunfo de la Serpiente, le hace experimentar la embriaguez de la libertad ilimitada, pero en realidad se trata de una libertad negativa, o mejor dicho, de una libertad ilusoria, la libertad del emigrante de la realidad”

Durante los siglos en que imperó el arte tradicional, ningún artista se consideró a sí mismo como un rival del Creador. Algunos pudieron haber sido tentados por la soberbia, pero no era frecuente que sucumbiesen a la tentación. Sin embargo el simple hecho de que tal ilusión fuera posible, prueba que la capacidad de hacer obras de arte supone un sentimiento de poder y dominio sobre la materia análogo al que posee Dios[1]. En efecto, el arte no excluye cierta ambigüedad. La belleza puede encandilar. Dirigiéndose al rey de Tiro, le decía Ezequiel: “Tu corazón se ensoberbeció por causa de tu belleza, y se corrompió tu sabiduría por tu esplendor” (Ez 28, 17).

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ICONOS Y FRESCOS DEL PADRE GREGORIO

Autor: Del libro de Krug: “Iconos y frescos del Padre Gregorio”

Traducción del inglés de Sra. Corinne.

Iconógrafo

Iconos y Ortodoxia

El Pintor de íconos

Conferencia improvisada en el monasterio de Znamenia, Ícono de la Madre de Dios. 15 de Agosto 1991. Corregida y ampliada por el autor.

   “Me gustaría decir unas palabras acerca del espíritu de los pintores de íconos. Es muy importante que no tomemos al ícono como una obra de arte. No debemos pensar en los iconógrafos como artistas tratando de expresar su creatividad. Esa no es de ninguna manera su meta. Cuando digo que un ícono no es una obra de arte, no quiero decir que no tiene un valor artístico. Al contrario, mirar un ícono es ver el valor artístico del trabajo. Lo que quiero decir, es que no es la obra de un artista. En cierto sentido es totalmente lo opuesto. Un artista busca expresarse a sí mismo, su personalidad, mientras que un pintor de íconos por el contrario, es alguien que practica el ascetismo, la renuncia, por sobre todo de su imaginación. Así como la imaginación juega un rol importante en el reino del arte, en la iconografía está absolutamente proscripta y no tiene lugar alguno. Por lo tanto, es necesaria la lucha contra la imaginación, y esto está unido a la noción griega de “nepsis” que significa sobriedad espiritual. Uno de los elementos de la vida espiritual es precisamente buscar la sobriedad y rechazar todo aquello que produce exaltación. Nepsis está directamente relacionada con la lucha contra la imaginación. Más aun, también está la lucha contra las propias ideas, todo lo que el intelecto puede producir, como la interpretación de las Escrituras, etc. Un pintor de íconos puede tener una inspiración genial y decir: “si, yo pienso que esto sería mejor que aquello, sería mejor de otro modo”, pero  a partir de ese momento ya no está pintando un ícono. Esta es la segunda característica de la actitud interior del iconógrafo. En cuanto a la tercera característica, es que se trata de una batalla contra las ilusiones. Muchas personas me han dicho que entendían la pintura de íconos como la obra de pintores en la que transcriben el fruto de su contemplación. Pero esto es absolutamente falso. Un pintor de íconos lucha contra todas las ilusiones que pudieran provenir de la contemplación, en cierto sentido revelaciones personales o fenómenos místicos. Es alguien que se opone al misticismo, alguien que rechaza la falsa contemplación y toda impresión que pudiera sugerir que ha recibido una revelación más auténtica que la Tradición. He mencionado que los íconos son canonizados por toda la asamblea del Pueblo de Dios. Esto significa que han sido recibidos por la Iglesia. Si un iconógrafo se aparta de un modelo recibido ante el cual la Iglesia entera ha rezado, su obra ya no es más un ícono. Esto no significa que un iconógrafo no puede ser a la vez un artista. Él no puede ser un artista cuando está pintando un icono. La imaginación no es mala en sí misma, pero en el contexto de la vida espiritual es un obstáculo; y la iconografía solo puede darse en el contexto de la vida espiritual. Si un iconografo, que también es un artista, tratara de pintar íconos con el mismo espíritu y mentalidad de sus pinturas artísticas, ya no sería un iconógrafo.

El pintor de íconos tiene un rol propiamente litúrgico. He hablado acerca de la Deesis que es un elemento del iconostasio. El iconostasio juega un rol en la celebración de la liturgia: el sacerdote reza plegarias a Cristo a la vez que está vuelto hacia el ícono de Cristo, reza a la Madre de Dios a la vez que está vuelto hacia el ícono de la Madre de Dios, etc. Lo íconos son elementos que componen parte del movimiento litúrgico. Sin embargo, no me estoy refiriendo a esa litúrgica, sino al trabajo específico que el iconógrafo reproduce en sus íconos, la visión del mundo invisible. El hace posible que el observador acceda al mundo invisible, que es la verdadera realidad. Nosotros estamos en la ignorancia de esta realidad invisible, de la esencia de Dios, que está más allá del velo y a la cual no podemos acceder en absoluto; sin embargo, los íconos nos permiten percibir algo de ella y nos hacen al mismo tiempo testigos de esta realidad.

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DECADENCIA Y RESTAURACIÓN DEL ARTE SACRO

Autor: P. Alfredo Sáenz, S. J. De su libro: “El icono, esplendor de lo sagrado”.

Antes de ver el proceso del arte sacro en los últimos siglos, veremos brevemente como fue declinando el arte en Occidente. Seguiremos el capítulo noveno del interesante libro del P. Sáenz.

Guernica, P. Picaso, 1937.

Guernica, P. Picaso, 1937.

En Rusia, desde las postrimerías del siglo XVII, y en el Occidente, a partir del Renacimiento, se advierte un sostenido receso del arte litúrgico, cuyos síntomas vamos a bosquejar. Pero para enmarcarlo mejor analizaremos primero el proceso del arte en general.

  1. EL DECLINAR DEL ARTE EN OCCIDENTE

Obsérvase en Occidente, sobre todo desde el siglo XV, cuando culmina lo que se ha dado en llamar el primer Renacimiento, una progresiva decadencia del sentido trascendente y metafísico del arte, una progresiva des-vinculación de sus raíces ontológicas, un creciente enclaustramiento en el hombre y en el arte mismo.

Por cierto que los críticos de arte divergen en sus apreciaciones. De entre todos los que  hemos frecuentado, no hemos encontrado ninguno que nos ofreciera, a nuestro juicio, una visión tan profunda como H. Sedlmayr[1], del cual hemos leído cuatro obras, una mejor que otra, a saber, La revolución del arte moderno[2], El arte descentrado, que lleva como subtítulo: Las artes plásticas de los siglos XIX y XX como síntoma y símbolo de la época[3], Épocas y obras artísticas, en dos tomos[4], y La muerte de la luz[5]. Si bien, como es fácil de entender en una consideración tan compleja, no compartimos en su totalidad la entera gama de sus opiniones, creemos sin embargo que pocos autores serían capaces de ofrecernos como él una visión tan complexiva, tan filosófica y, hasta se diría, tan teológica del proceso del arte en los últimos siglos.

Cristo Pantocrátor de S. Clemente de Tahull.

Cristo Pantocrátor de S. Clemente de Tahull.

Antes de abocarse a la consideración de los siglos XIX y XX, que en nuestra opinión constituye lo más logrado de sus análisis, Sedlmayr intenta una apretada síntesis de lo acaecido en el arte occidental desde el siglo VI, señalando cuatro épocas, de las cuales las dos intermedias se hallan emparentadas por su tema central. La primera es la del prerrománico y románico (550-1150), que califica como la época del Dios-Señor, porque en ella Cristo es representado sobre todo en su divinidad, como rey terrible del Universo. La segunda época es la del gótico (1140-1470), que llama la del Dios-hombre, ya que en ese tiempo, dominado por el espíritu de San Bernardo, Cristo no es representado en la anterior actitud de majestad temible o con los rasgos del juez severo, sino más cerca del hombre, rodeado de Nuestra Señora y de los santos; en un segundo momento, se lo mostrará en su desamparo, su quebranto y su pena, en las imágenes conmovedoras de la Pasión. El tercer momento, el del Renacimiento y Barroco (1470-1760) es caracterizado como el período del hombre-Dios y del hombre “divino”, ya que en él la figura central es la del hombre “grande”, enérgicamente exaltado como el colaborador de la obra creadora de Dios; su cuerpo es admirado en su esbelta desnudez, y Cristo mismo es concebido como el hombre supremo, el resurrecto, con torso de atleta; las “ascensiones” y “apoteosis” pueblan los techos de las iglesias barrocas. Y en el campo profano adquieren especial relevancia los palacios del “divino” hombre, visto a la luz de dos figuras mitológicas centrales: Hércules y Helios. Finalmente, la cuarta época, la Edad Moderna (de 1760 a…), es la del Hombre Autónomo, un tiempo dominado por el abismo abierto entre Dios y el hombre , que ya se considera independiente, y sustituye a Dios por ídolos como la naturaleza, la razón, su mismo arte, la máquina, el caos…[6].

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DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Palabras de Jesús misericordioso a Santa María Faustina

cd9c2cfd5096869d1a505ffd86214663“Hija Mía, necesito sacrificios hechos por amor, porque sólo éstos tienen valor para Mí. Es grande la deuda del mundo contraída Conmigo, la pueden pagar las almas puras con sus sacrificios, practicando la misericordia espiritualmente.” (Diario #1316, p. 471)

“Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá Mi misericordia e el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque su misericordia anticiparía Mi juicio.” (Diario #1317, p. 472)

“Oh alma sumergida en las tinieblas, no te desesperes, todavía no todo está perdido, habla con tu Dios que es el Amor y la Misericordia Misma. Alma, escucha la voz de tu padre Misericordioso.” (Diario #1486, p. 522)

“Has de saber hija mía, que mi corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante…” (Diario # 1777, p. 626)

“Mi corazón se alegra de este título de misericordia. Proclama que la misericordia es el atributo más grande de Dios. Todas las obras de Mis manos están coronadas por la misericordia.” (Diario #300 p.153)

“Ésta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré penetrar en mi tristeza mortal. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión.” (Diario #1320, p.472)

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RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Autor: P. Jesús Castellano Cervera, OCD

LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Resurrección del Señor, Chora. s. XV

LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, Paraclesion de San Salvador en Chora, Estambul, s. XV

Texto bíblico: Marcos 16, 1-9; 1 Pedro 3,18-22.

Los textos evangélicos de la Resurrección del Señor y el texto de la 1° Carta de Pedro sobre el descenso de Jesús al infierno para liberar  a los que estaban en poder de la muerte, iluminan el sentido pleno de los dos iconos de la Resurrección más comunes en la Iglesia de Oriente: el de  la Anástasis o Resurrección bajo el signo del descenso de Cristo a los abismos y el de las mujeres miróforas, portadoras de aromas, ante el sepulcro vacío.

Empecemos por el icono de la resurrección gloriosa que expresa el triunfo de Jesús resucitado que baja a los infiernos para liberar a nuestros padres que estaban en los abismos de la muerte.

A primera vista el icono de la Resurrección nos resulta un poco diverso de la forma con que ordinariamente se pinta en Occidente la Resurrección de Jesús. Lo solemos ver así: Cristo sale victorioso del sepulcro. La piedra ha sido levantada. Junto al sepulcro los guardias duermen. Jesús lleva el estandarte de la cruz. Es su victoria personal, su triunfo de Resucitado.

El mensaje del icono oriental de la Resurrección es diverso y complementario; quiere indicar que el triunfo de Jesús nos envuelve a todos, que El ha bajado hasta el abismo, para llenarlo de luz y para que su Resurrección se manifieste en toda su fuerza salvadora que llega hasta el primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva.

La Iglesia de Oriente conmemora en el Viernes santo y en el Sábado santo con hermosos cantos y símbolos esta presencia de Cristo bajo la tierra, como sol escondido, como vida engullida por la muerte, como grano de trigo que va a romperse para dar la vida en abundancia. Ahora  contempla el camino de Cristo en su descenso, ya glorioso, a los infiernos, en una danza de victoria y de luz. Muchos son los iconos orientales que así representan este misterio, los frescos que engalanan las paredes de las iglesias y monasterios, los mosaicos de las antiguas catedrales que han recibido el influjo del Oriente cristiano, como San Marcos de Venecia o la Capilla Palatina de Palermo.

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SÁBADO SANTO: JESÚS DESCIENDE A LOS INFIERNOS

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado
(PG 43, 439. 451. 462-463)

EL DESCENSO DEL SEÑOR A LA REGIÓN DE LOS MUERTOS
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¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: “Salid”, y a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, Y a los que estaban adormilados: “Levantaos.”

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LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR

Autor: P. Jesús Castellano Cervera, OCD. De su libro: “Oración ante los iconos”.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR. Icono ruso, museo de Louvre, s. XVI.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR. Icono ruso, museo de Louvre, s. XVI.

LA CRUCIFIXIÓN DEL SEÑOR

El icono de la crucifixión pone ante nuestros ojos el misterio de la muerte del Señor, con todo el realismo del sufrimiento, con todo su valor salvífico. La imagen de Cristo crucificado ha quedado impresa en el corazón de los discípulos. Así lo han anunciado desde la mañana misma de Pentecostés: “A Jesús de Nazaret… vosotros lo matasteis clavándolo en una cruz…” (Hch 2,22-23). El mismo Pablo, que no conoció personalmente el misterio tal como se realizó en el Calvario, sabe describir con emoción los rasgos de Cristo crucificado: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). En su predicación intenta pintar al vivo  la imagen del Crucificado, como parece sugerir esta expresión de la carta a los Gálatas: “Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo Crucificado?” (Ga 3, 1). No es, pues, extraño que la Iglesia haya  pintado desde la antigüedad el misterioso episodio dela crucifixión del Señor para presentar ante los ojos de todos los fieles el acto supremo de la entrega de Jesús.

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EL ENTIERRO DE CRISTO

Autor: P. Alfredo Sáenz S.J.

El entierro de Cristo. Galería Tretyakov, Moscú. s. XV

EL ENTIERRO DE CRISTO, s. XV (Moscú, Galería Tretyakov)

EL ENTIERRO DE CRISTO

Dentro de la dramaticidad del momento, como lo revelan el llanto y los gestos de los presentes, el icono de la sepultura del Señor asume un aspecto hierático, casi litúrgico. El rostro de Cristo es el punto de convergencia de todas las miradas. Los asistentes se agrupan en dos filas. La de atrás está constituida por las figuras verticales de las piadosas mujeres y de José de Arimatea; la de adelante la integran dos apóstoles y Nuestra Señora, que siguen la línea horizontal del cadáver de Cristo.

Nos impresionan los dos rostros, el de la Madre y el del Hijo, que se hacen uno. El paralelismo entre la vida de Cristo y la de su Madre alcanza su máxima expresión en los misterios dolorosos. La Madre de Dios, presente en el Calvario, al pie de la Cruz, dejándose clavar místicamente con su Hijo, se asocia también ahora en este momento de dolorosa despedida. La línea de su cuerpo acompaña el perfil del cuerpo de Cristo, así como sus almas está en comunión total.

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