LA THEO-TÓKOS. SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

 

                                                                                                          Les ofrecemos a nuestros lectores del blog una interesante homilía con un análisis exegético teológico profundo del Dogma de la Maternidad divina de la Santísima Virgen Madre de Dios por el Rvdo. padre José A. Marcone. 

 

La Theo-tókos
(Lc 2,16-21)
Introducción
El Directorio Homilético da al homileta la siguiente indicación para la homilía de este día: “Las lecturas y las oraciones ofrecen la oportunidad de considerar, todavía una vez más, la identidad del Niño del que estamos celebrando el Nacimiento. Él es verdadero Dios y verdadero Hombre. (…). Él es también nuestro Salvador (Jesús, el nombre que recibe en la circuncisión, pero que le fue asignado por el ángel antes de la concepción)”1.
Es, precisamente, el nombre de ‘Jesús’ (Lc 2,21) el que nos ofrece la oportunidad de considerar la identidad del Niño que nació, es decir, el hecho de que es verdadero Dios y verdadero hombre.

  1. El nombre de ‘Jesús’

El nombre castellano ‘Jesús’ es la transliteración del término griego Iesoûs, tal como aparece en los evangelios (cf. Mt 1,21; Lc 1,31; 2,21)2. El término griego Iesoûs es, a su vez, la transliteración del término arameo Yeshwa’3. Y el término arameo Yeshwua’ es una contracción que deriva del término hebreo Yehoshwa’. Por lo tanto, el nombre castellano ‘Jesús’ es traducción del término hebreo Yehoshwa’.

El término hebreo Yehoshwa’ está formado por dos palabras. La primera palabra está representada en las tres primeas letras: Yeh-. Esas tres letras son una abreviación del nombre con que Dios mismo se definió en Ex 3,13-15, el nombre de Yahveh. La segunda palabra está representada en las cuatro últimas letras: -shwa’. Estas cuatro letras pertenecen al verbo hebreo yashá’, que significa ‘salvar’.

Por lo tanto, la palabra hebrea Yehoshwa’, que, en castellano, a través del griego, fue transliterada como ‘Jesús’, significa: ‘Yahveh salva’4. Por lo tanto, en la palabra castellana ‘Jesús’, las dos primeras letras ‘Je-’ corresponden al término hebreo Yahveh, y las tres últimas letras ‘-sús’, corresponden al verbo hebreo yashá’.

Este nombre era ya aplicado a distintos personajes del AT. Así, por ejemplo, el sucesor de Moisés, llevaba el nombre de Yehoshwa’ (cf., por ejemplo, Ex 32,17), pero el nombre de este personaje, que será el que introducirá al pueblo de Israel a la Tierra Prometida, será transliterado por ‘Josué’ y no por ‘Jesús’. Sin embargo, en el caso de Jesús sucede algo totalmente atípico.

En efecto, en el texto de San Mateo, el ángel que le anuncia a José el nombre que debe imponerle al niño hace una explicación de dicho nombre. Esa explicación del nombre ‘Jesús’ está en las siguientes palabras: “Porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Esta frase es una confesión de la divinidad de Cristo y una afirmación de que el nombre de Yahveh que está incluido en el de Jesús, está dicho de una manera estricta y no solamente como un recuerdo o un homenaje a Yahveh5. En efecto, nunca jamás de ningún personaje del AT se dirá que salvará al pueblo de sus pecados. El único que puede salvar al pueblo de sus pecados será Yahveh. De hecho, esto será lo que levantará el escándalo de los fariseos cuando Jesús le diga al paralítico: “Tus pecados te son perdonados” (Mt 9,2; Mc 2,5). Los fariseos, con una correcta teología, exclamarán interiormente: “Sólo Dios puede perdonar los pecados” (Mc 2,7). Sin embargo, a pesar de que en este punto su teología es buena, la conclusión es falsa: “Este hombre blasfema” (Mt 9,3; Mc 2,7).

Por lo tanto, cuando el ángel le dice a José: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”, está diciendo: “Este niño es Yahveh y, porque es Yahveh hecho hombre, salvará al pueblo de sus pecados”.

Nuestro Icono Odiguitria de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Josué, el sucesor de Moisés, como dijimos, llevaba exactamente el mismo nombre de Jesús: Yehoshwa’. Pero en Josué este nombre era un recuerdo y un homenaje. Un recuerdo, porque recordaba al pueblo que Yahveh lo iba a salvar. Un homenaje, porque daba gloria a Dios reconociendo su grandeza y su auxilio. Pero Josué no podía salvar al pueblo de sus pecados.

El nombre con que Dios mismo se definió a sí mismo en el Horeb en el episodio de la zarza ardiente, es decir, el nombre de Yahveh, significa: ‘Yo soy el que es’ o ‘Yo soy el que soy’. De esta manera este nombre expresa, sobre todo, la plenitud más absoluta de ser y la causa del ser de todas las cosas. El nombre de Yahveh se suele denominar como ‘el tetragrama sagrado’. La razón de esto es que está compuesto de cuatro consonantes hebreas: YHWH. Tetra, en griego, significa ‘cuatro’; y gramma, significa ‘letra’. Por lo tanto, ‘tetra-grama sagrado’ significa las cuatro letras con las que está formado el nombre sagrado de YHWH.

Pero, además, “también la eternidad y la fidelidad divina están presentes en el nombre de Yhwh. Dado que el imperfecto es un tiempo continuativo, el nombre de Yhwh quiere decir ‘aquel que era, que es y que será siempre’, es decir, aquel que es siempre presente y que obra siempre con fidelidad a su palabra. En este sentido, Yhwh es el Dios que opera continuamente a favor del pueblo de Israel, siempre pronto para intervenir en su defensa”6.

Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado (‘Yo soy el Dios de tus padres’, Ex 3,6) como para el porvenir (‘Yo estaré contigo’, Ex 3,12). Dios que revela su nombre como ‘Yo soy’ se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo” (CEC, 207).

Además, “dado que en hebreo el tiempo imperfecto tiene valor también de presente o de futuro (presente continuo), se ha entendido el nombre de Yhweh como ‘Yo soy para ti aquel que seré’, es decir, como una revelación a Moisés de la ayuda divina, en vistas de su misión futura, en la prospectiva de la salvación”7.

Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse. Dios dice a Moisés: ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’ (Ex 3,6). Dios es el Dios de los padres. El que había llamado y guiado a los patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas; viene para librar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su Omnipotencia para este designio” (CEC, 205).

Teniendo en cuenta estas connotaciones del nombre de Yahveh, Benedicto XVI llega a decir de una manera muy audaz que el nombre de ‘Jesús’, incluso, completa el nombre sagrado de Yahveh. Estas son las palabras del Papa: “El nombre de Jesús contiene de manera escondida el tetragrama, el nombre misterioso del Horeb, ampliado hasta la afirmación: Dios salva. El nombre del Sinaí, que había quedado como quien dice incompleto, es pronunciado hasta el fondo. El Dios que es, es el Dios presente y salvador. La revelación del nombre de Dios, iniciada en la zarza ardiente, es llevada a su cumplimento en Jesús (cf. Jn 17,26)”8.

  1. La Theo-tókos

La solemnidad de María, Madre de Dios tiene su sustento teológico principal en una realidad textual del evangelio de San Lucas. En efecto, este evangelio, en una ocasión, llama a María explícitamente ‘Madre de Dios’. En Lc 1,43, Isabel se dirige a María diciéndole: “¿Cómo es esto que la madre de mi Señor (he méter toû Kyríou mou) venga a mí?”. Kýrios es el nombre reservado sólo para Dios, la palabra griega usada para traducir el nombre incomunicable de Dios, Yahveh. Llamar a María ‘la madre de mi Señor’ es llamarla ‘la madre de mi Dios’.

Pero, además, este título de María tiene una importancia capital para la cristología. Dice el Directorio Homilético: “El antiguo título de Theotokos (Madre de Dios) ratifica la naturaleza, tanto humana como divina, de Cristo”9. En efecto, la razón principal por la cual el Concilio de Éfeso (año 431) definió que María es verdadera Madre de Dios (Theotókos) no fue para resaltar la dignidad de María sino para ratificar el realismo de la Encarnación. La naturaleza humana de Cristo está unida de forma personal (‘hipostática’) a la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo. Y, por lo tanto, todo lo que se dice de la naturaleza humana de Cristo se dice, en realidad, de la persona del Hijo. El sujeto último (la hipóstasis) que realiza los actos en Cristo no es una supuesta persona humana, sino la persona divina del Verbo. Por lo tanto, todo lo que se atribuye a la naturaleza humana de Cristo se atribuye a la persona divina del Verbo. Por eso, después que la naturaleza humana de Cristo murió en la cruz, con toda precisión teológica, se puede decir: ‘el Hijo de Dios murió’. De la misma manera, con toda precisión teológica se puede decir, ‘Dios es hijo de María Virgen’, y, por lo tanto, con toda precisión teológica se puede decir: ‘María es Madre de Dios’. Éste es el valor teológico primero y fundamental de la solemnidad que hoy estamos celebrando. Y así se entiende que el Directorio Homilético, correctamente, diga la frase que encabeza este párrafo.

Santo Tomás de Aquino lo explica con más detalles y con una precisión insuperable: “¿Pueden aplicarse a Dios los atributos propios de la naturaleza humana? Sobre esta cuestión hubo diferencias entre los nestorianos y los católicos. Los primeros dividían en dos apartados los términos que se aplican a Cristo, de este modo: los que se refieren a la naturaleza humana no se predicarían de Dios, y los que pertenecen a la naturaleza divina no se predicarían del hombre. Por eso dijo Nestorio: ‘Si alguien pretende atribuir pasiones al Verbo de Dios, sea anatema’. Mientras que, si existen términos que pueden pertenecer a las dos naturalezas, tales términos se predican de ambas naturalezas; esto sucede, por ejemplo, con los nombres Cristo o Señor. Por eso admitían que Cristo nació de la Virgen, y que existió desde toda la eternidad; sin embargo, no aceptaban que Dios haya nacido de la Virgen, o que el hombre haya existido desde toda la eternidad.

“En cambio, los católicos defendieron que lo que se dice de Cristo, sea por su naturaleza divina, sea por su naturaleza humana, puede predicarse tanto de Dios como del hombre. Por eso dijo San Cirilo: ‘Si alguien divide las expresiones usadas a propósito de Cristo en los escritos evangélicos o apostólicos entre las dos personas o sustancias, esto es, hipóstasis, o hace lo mismo con los términos empleados por los santos o por el propio Cristo respecto de sí mismo, y cree que unas deben aplicarse al hombre, y las otras solamente al Verbo, sea anatema’. Y la razón de esto es que, por tener las dos naturalezas una misma hipóstasis, esa misma hipóstasis es la que se designa bajo el nombre de una y otra naturaleza. Por consiguiente, se diga hombre o se diga Dios, se alude a la hipóstasis de la naturaleza divina y de la naturaleza humana. Y, por tanto, puede atribuirse al hombre lo que pertenece a la naturaleza divina, y a Dios lo que es propio de la naturaleza humana”10.

 

Es precisamente en este contexto que los padres sinodales del Concilio de Éfeso hablaron de María como Madre de Dios. De hecho, la definición de María como Madre de Dios se hace dentro del Decreto I sobre la Encarnación, leído y aprobado en la primera sesión del Concilio. El tema fundamental era la realidad y el realismo de la Encarnación. Llamar a María Madre de Dios era ratificar ese realismo de la Encarnación. Luego de explicar la unión hipostática entre la naturaleza humana de Cristo y su persona divina, dice dicho Decreto: “Porque no nació primeramente de la santa Virgen un hombre vulgar, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a un nacimiento según la carne, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esta manera los Santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen”11.

La palabra Theo-tókos está formada por dos términos. En primer lugar, el término griego Theós, que significa ‘Dios’. En segundo lugar, el término tókos, que significa ‘el acto de dar a luz’, es decir, ‘el parto’. El sustantivo tókos proviene del verbo tíkto, que significa ‘dar a luz’, es decir, ‘parir’. El verbo tíkto es el verbo que se usa en Lc 1,31 cuando el ángel le dice a María: “Concebirás y darás a luz (verbo tíkto) un hijo”. Y también se usa en Mt 1,21 cuando el ángel le dice a José: “María dará a luz (verbo tíkto) un hijo”. Por lo tanto, la palabra Theo-tókos significa ‘La que da a luz a Dios’, ‘La que pare a Dios’. El verbo ‘parir’ no tiene ninguna connotación peyorativa. En latín también se la llama Dei-para12. Incluso en castellano existe la palabra Deípara13.

Con razón cantamos en una antiquísima oración latina: Tu quae genuisti tuum Sanctum Genitorem, es decir, ‘Tu que engendraste a tu Santo Engendrador’14.

  1. La Theo-tókos es testigo del derramamiento de sangre de su Hijo

Dice también el Directorio Homilético: “El rito de la circuncisión celebra la entrada de Jesús en la alianza y anuncia con anticipación ‘la Sangre de la nueva y eterna alianza que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados’”15. Por lo tanto, la celebración de María como Madre de Dios, en el pensamiento de la Iglesia, no está separada del recuerdo de la sangre que Jesús derramó en la circuncisión y en la pasión, y, por lo tanto, de la sangre que derrama cada día en el sacrificio eucarístico.

Otra vez encontramos en el Misterio de la Navidad la alegría mezclada con el dolor, el color blanco junto al color rojo. La Navidad, misterio gozoso, es, al mismo tiempo un misterio de redención y, por lo tanto, misterio doloroso. El Niño nace y se alegra de abrirse a la vida. Pero ya desde ese momento se orienta hacia el culmen de la redención y se sitúa en tensión hacia la cruz.

En la Santa Misa que estamos celebrando se realiza de manera perfecta tanto el Misterio de la Navidad como el Misterio de la Redención. En la consagración del pan y del vino se hace presente verdadera, real y sustancialmente el Niño de Belén, Dios y hombre verdadero, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Jesús nace y es colocado en esa gruta y en esa cuna que están formadas por los accidentes del pan y del vino.

 

Pero, al mismo tiempo, esa misma consagración del pan y del vino es la actualización de su sacrificio en la cruz. La sangre, directamente presente por las palabras de la consagración, se derrama para el perdón de los pecados de los hombres. La Misa es un verdadero y propio sacrificio, el mismo y único sacrificio de la cruz actualizado sobre el altar.

Conclusión

Dice el Directorio Homilético: “También es un tema central de esta Celebración la función de María en la obra de la Salvación, tanto en relación con Cristo, que por medio de Ella ha recibido la naturaleza humana, como con los miembros de su Cuerpo: es la Madre de la Iglesia que intercede por nosotros”16.

La función de María en la obra de la Salvación en relación con Cristo es la de ratificar la identidad de Jesús, tanto de su naturaleza divina como de su naturaleza humana. La función de María en la obra de la Salvación en relación con los miembros de su Cuerpo la explica San Juan en el episodio al pie de la cruz (Jn 19,25-27).

En efecto, la entrega que hace Jesús dándole Juan a María como hijo, y dándole María a Juan como madre tiene vastas consecuencias para la Iglesia de todos los tiempos. Respecto a esto dice un gran exégeta moderno, el P. De La Potterie: “La mujer que era hasta ahora la madre de Jesús se convertirá finalmente en la madre del discípulo: ‘Ha aquí a tu madre’. Esta extensión de la función materna de María corresponde, si se puede decir, a aquello que se designa, para las cosas materiales, bajo el nombre de ‘traspaso de propiedad’. El sentido del episodio es claro: Juan describe aquí la proclamación de la maternidad espiritual de María en relación con los creyentes, representados por el discípulo predilecto. Pero si el discípulo que Jesús amaba representa a todos los discípulos, la madre de Jesús, la Hija de Sion, representa a la Iglesia en su función materna; ella es aquí ecclesiae sanctae nova inchoatio, es decir, ‘la Iglesia toda santa en su primer inicio’”17.

El evangelio dice aquí: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27). La frase que se traduce ‘en su casa’ en el original griego es eis tà ídia que, literalmente, significa: ‘entre las cosas propias de él’. Respecto a esto agrega De La Potterie: “La respuesta del discípulo (…) no significa sólo que el discípulo ‘recibió a María en su casa’. Su respuesta está en el orden de la fe: él ha comprendido perfectamente el testamento espiritual de Jesús. Es necesario traducir: ‘Y a partir de aquel momento, él la acogió en su intimidad (eis tà ídia)’. La acogida del discípulo es un acto de fe, no un simple gesto exterior en atención a María. Según la voluntad de Jesús, él la acoge ‘entre sus bienes (espirituales)’; la acoge como su propia madre, en su vida de fe, en su corazón”18. Podríamos también traducir: ‘La recibe entre las cosas más caras a su corazón’. O también: ‘La recibe como una riqueza especial entre sus riquezas más ricas’.

Por lo tanto, el rol de la madre de Jesús, es decir, de la madre de Dios en la economía de la salvación, de acuerdo a lo que puede verse en el episodio al pie de la cruz, es grandioso: se convierte en madre de todos los creyentes y es recibida, a su vez, en la intimidad de la fe de todo creyente como algo propio del creyente.

Pidámosle a la Virgen María que ella sea efectivamente, para cada uno de nosotros, lo que ya es en el plano del designio divino.

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1 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 123.

2 El término griego Iesoûs se pronuncia Iesús.

3 Cf. VOGT, E., Lexicon linguae aramaicae Veteris Testamenti, Roma, Pontificium Institutum Biblicum, 1971, p. 77. Cf. también DE TUYA, M., Evangelio según San Mateo, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977, p. 19. Esa comilla individual que está al final de la palabra indica una consonante que se llama en hebreo ayin. Las dos letras castellanas s y h juntas que figuran dentro de la palabra sirven para transliterar una sola letra hebrea: la shin. La doble ve que está en la palabra debe pronunciarse como una ‘u’ castellana.

4 Cf. ZORELL, F., Lexicon hebraicum Veteris Testamenti, Editrice Pontificio Istituto Biblico, Roma, 1989, p. 336, col. 1.

5 Por eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21)” (CEC, 432).

6 TABET, M. – DE VIRGILIO, G., Introduzione alla lettura del Pentateuco e dei Libri Storici del Antico Testamento, Associazione Apollinare Studi, Roma, 1997, p. 135; traducción nuestra.

7 TABET, M. – DE VIRGILIO, G., Idem, p. 134; traducción nuestra.

8 BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús, Editorial Planeta, Barcelona, 2012, p. 21.

9 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 123.

10 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III, q. 16, a. 4 c; cursiva nuestra. Agrega un comentador: “Tenemos aquí la llamada «comunicación de idiomas», o propiedades de cada naturaleza. Por ser distintas (sin confusión), las propiedades de una naturaleza no se pueden aplicar sin más a la otra, pero sí es posible este intercambio dada la unidad de persona (S. Th., III, q. 16, a. 5, ad 2). Como los términos concretos designan a la persona (Jesucristo, Dios), mientras los abstractos (humanidad, divinidad) se refieren a las naturalezas, la comunicación de idiomas se da en los términos concretos, no en los abstractos (a. 5). Por ejemplo, se puede decir «el Hijo de Dios muere», pero no «la divinidad muere». Análogamente, podemos decir «Jesucristo es segunda persona de la Trinidad», pero eso mismo no podemos decirlo de su humanidad. Más precisiones en III, q. 16, a. 8 y 9” (ESPEJA PARDO, J., Introducción al Tratado del Verbo Encarnado de la Suma Teológica, en SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, BAC, Madrid, 1994, Volumen 5, p. 185).

11 CONCILIO ECUMÉNICO DE ÉFESO, Decreto I sobre la Encarnación, año 431, en DENZINGER – SCHONMETZER, nº 250. Luego, en los llamados Anatematismos o capítulos de San Cirilo contra Nestorio, leídos y aprobados en el Concilio de Éfeso se dice: “Si alguno no confiesa que Dios es verdaderamente el Emmanuel, y a causa de esto no confiesa que la santa Virgen es Madre de Dios (dià toûto Theotókon tèn hagían parthénon), pues ella engendró según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema” (CONCILIO ECUMÉNICO DE ÉFESO, Anatematismos de San Cirilo, canon 1, en DENZINGER – SCHONMETZER, nº 250; traducción nuestra hecha directamente del original griego del Concilio de Éfeso). El texto griego transliterado en caracteres latinos es el siguiente: Ei tís ouj homologeî, Theòn eînai katà alètheian tòn Emmanouél, kaì dià toûto Theotókon tèn hagían parthénon, gegenneke gàr sarkikôs sárka gegonónta tòn ek Theoû lógon, anáthema ésto. Este texto griego lo hemos tomado de: DENZINGER, H., Enchiridion Symbolorum, Bibliotheca Herder, Friburgi Brisgoviae, 191110, nº 113, p. 52, col. 1.

12 Con acento prosódico en la primera ‘a’.

13 Deípara. (Del lat. Deipăra). adj. Se dice exclusivamente de la Virgen María, por ser madre de Dios (Diccionario de la Real Academia Española). Lleva acento ortográfico en la letra ‘i’. La palabra latina Dei-para y la castellana Deí-para, provienen del verbo latino pario; infinitivo: parere; perfecto: peperi; participio: partum (pariturus) (3ª transitivo): dar a luz, parir; producir; engendrar, causar (Dicc. Vox).

14 Oración Alma Redemptoris Mater, siglo XI.

15 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 123.

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