DOMINGO DE RAMOS

Autor: P. Jesús Castellano Cervera

Entrada a Jerusalem

Entrada a Jerusalén. Icono de Gerardo Zenteno, iconógrafo ortodoxo de Santiago de Chile.

LA ENTRADA DEL SEÑOR EN JERUSALÉN

Texto bíblico: Mateo 21, 1-17

La Semana Santa o gran Semana de los cristianos, que hace memoria en la liturgia de los acontecimientos salvadores de Jesús en Jerusalén, se abre con el Domingo de Ramos. Una pascua semanal que precede la pascua anual. Un solemne ingreso que es ya un anuncio de la victoria de Cristo, aunque entre el ingreso y la victoria estén los trágicos días de la pasión. Las palmas y los olivos anuncian la victoria de la cruz. La humilde presencia de Cristo, sentado sobre un asno, indica el cumplimiento de las Escrituras.

La meditación sobre este  icono nos puede ayudar a entrar de una manera profunda y sentida en la experiencia litúrgica que representa.

De la palabra a la imagen. De la imagen a la fiesta

La plasticidad del episodio evangélico, narrado por los cuatros evangelistas (Mt 21 1-17; Mc 11-1-11; Lc 19, 28-40; Jn 12, 12-19), no podía menos de suscitar dos reacciones transmitidas por la tradición en su liturgia. La primera es precisamente la representación de la imagen del ingreso de Jesús en Jerusalén que ya vemos en el Codex Purpureus de Rossano Calabro. La segunda es la imitación litúrgica por los cristianos del solemne ingreso de Cristo en la ciudad santa. De hecho, entre las celebraciones de la Semana Santa de las que la peregrina Egeria nos transmite los detalles, es de notar la que se celebraba el Domingo de la Gran Semana en Jerusalén. El pueblo se reunía en la colina de Betfagé, se leían los textos sagrados alusivos al ingreso de Jesús en la ciudad y se organizaba una solemne procesión hasta la basílica de la Anástasis. Se acompañaba al obispo, como hicieran los discípulos con Jesús, y los jóvenes y niños, algunos en brazos de sus madres, agitaban ramos de olivo y palmas para recordar el episodio evangélico. En las iglesias de Oriente es un domingo en el que tienen un especial protagonismo los niños, así como en la Iglesia de Roma se subraya desde hace algunos años, la participación de los jóvenes.

LA IMAGEN PLÁSTICA Y LA SUGESTIVA IMITACIÓN LITÚRGICA HIZO QUE ESTA PROCESIÓN DE Ramos se introdujese pronto en las Iglesias de Oriente y de Occidente, evocada por los peregrinos y transmitida por la autoridad de la Iglesia Madre de Jerusalén.

Los cantos de la liturgia oriental, las homilías de los Padres, los himnos de la Iglesia occidental como el famoso himno de Teodulfo de Orleans, “Pueri hebraeorum”, acompañan nuestra contemplación del misterio, como necesaria preparación a la participación en la fiesta, una de las doce del ciclo anual de la liturgia bizantina, uno de los misterios que aparecen en la fila del Dodecaorton en el iconostasio de las iglesias orientales.

 

Jesús, personaje central

Como en todos los iconos mistéricos el personaje central es el Señor. Se presenta lleno de majestad, sentado sobre un asno, que con frecuencia tiene los rasgos de un caballo. Su vestido y el manto combinan los dos colores de su doble naturaleza, divina y humana. Su cabeza está aureolada con la silueta de la cruz. A veces a ambos lados de su cabeza están indicadas las iniciales  de su nombre: JC XC. Lleva en la mano izquierda el rollo blanco de la revelación, mientras con su mano derecha  bendice o indica a sus discípulos y los niños que lo aclaman.

Se trata de un icono teofánico, que revela el misterio de Cristo en un episodio de su vida que es ya anticipación de lo que va a vivir en el misterio pascual.

Jesús se presenta como Rey. El asno le hace de trono. Los discípulos y los niños lo aclaman. La profecía de Zacarías lo había predicho: “Decid a la hija de Sion: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en una asna…”. Lo proclaman las voces de los que lo aclaman: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 19,28). Un Rey que, en su entrada a la ciudad de la paz y de la gloria del Señor que habitaba en el templo, hace proclamar la paz en el cielo y la gloria en las alturas.

Jesús se aproxima como Siervo. Siervo de la voluntad del Padre en el cumplimiento de sus designios. Siervo de los hombres en su decisión de afrontar el misterio de la pasión salvadora. La profunda humildad y mansedumbre con que se acerca a Jerusalén dan el tono de esa entrega amorosa, de ese riesgo voluntariamente aceptado por amor.

Jesús se revela como Mesías. El cumplimiento de las profecías, la aclamación solemne del que es Bendito y viene en nombre del Señor, lo revelan como el Mesías prometido y por un momento aclamado por un puñado de discípulos fieles y de niños inocentes. A quienes preguntan quién es, la gente responde sin titubeos: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mt 21,11).

Jesús se acerca como Esposo. La liturgia oriental hace resonar el tropario: “Que viene el Esposo, salid a recibirlo”. Una exhortación a la vigilancia y una palabra reveladora de la situación de Jesús que va a dar la vida por su Esposa, la Iglesia. Una estrofa del oficio oriental nos lo recuerda:

“como si se tratara de ir a una bodas puras y sin sombra, corren los niños que no conocen el mal y cantan himnos. Gritemos también nosotros cantando con los ángeles: Hosanna en lo más alto del cielo al que posee la más grande misericordia”.

Los testigos del misterio

El icono presenta a Jesús enmarcado entre dos grupos, como en la Resurrección de Lázaro.

Detrás de él, o acompañándole, en torno al asno que le hace de trono, está el grupo fiel de los discípulos. Por un momento, antes del escándalo de la pasión, son protagonistas y partícipes del triunfo del Maestro. Han ejecutado sus órdenes y le han traído el asno y el pollino. Han puesto sus mantos sobre el asno para que el Maestro fuera cómodo. Lo han aclamado con sus cantos. Forman una piña, antes de la futura dispersión, y gozan por la revelación mesiánica de su Maestro, pregustando un triunfo que no será definitivo ni a su medida.

Frente a Jesús está el grupo de los habitantes de Jerusalén. No todos son enemigos. Pero su actitud hierática y su rostro adusto parecen identificarse con la recriminación que algunos le hacen, pidiendo que haga callar a los niños. Jesús es signo de contradicción. El ingreso que ha organizado en la ciudad santa en un tiempo en que se junta mucha gente por la Pascua, su tolerancia ante las aclamaciones mesiánicas es una auténtica provocación. Una gota que puede hacer desbordar el vaso. Como así va a suceder. El grupo, a la entrada de la ciudad santa, parece representar esa actitud de hostilidad, de rechazo y finalmente de condena con que Jesús será sacado de esa ciudad en la que entra solemnemente, cargado con la cruz de la ignominia y de la muerte.

El otro grupo, con unos detalles elocuentes, es el de los niños. Su pequeñez contrasta en el icono con las medidas de los otros personajes. A veces casi no se distinguen a primera vista, sobre todo los dos o tres  muchachos subidos a la cima de un árbol del que arrancan las ramas que van a ser los signos del triunfo. Otros niños, siempre diminutos en sus medidas, ponen a los pies de Jesús, junto al asno que lo lleva en su grupa, sus propios vestidos de diversos colores. El dinamismo del icono lo dan precisamente estas figuras diminutas, los pequeños del Reino, que Jesús defiende en sus aclamaciones. Y amenaza que si los hacen callar hablarán las piedras. Es el triunfo de la inocencia, la elocuencia de los niños, la manifestación de los que acogen el Reino con su sencillez. En algunos iconos están también presentes las madres que llevan a sus hijos en brazos para que alaben y reconozcan al Señor. ¿Será necesario recordar que Jesús tuvo siempre una especial predilección por los niños durante su vida pública?

La oración de la Iglesia

La oración de la Iglesia oriental glosa las narraciones evangélicas en una profunda meditación del misterio, añadiendo aquí y allá algunos detalles sugestivos. He aquí algunos fragmentos de la liturgia bizantina:

“Oh Señor, una inmensa multitud alfombraba tu paso con sus vestidos. Otros contaban ramos de los árboles y los llevaban en sus manos; y unos a otros se decían: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito tú que has venido y de nuevo vendrás en el nombre del Señor! Mientras estabas para entrar en la ciudad santa, oh Señor, la multitud, llevando ramos en sus manos, te aclamaba como Señor de todas las cosas. Viéndote sentado sobre el asno te contemplaban como si te llevaran los querubines”.

La intensidad de la contemplación litúrgica se abre paso y apunta a los misterios que todavía se tienen que realizar con la Pascua del Señor en este episodio que se sitúa entre la resurrección de Lázaro y la de Cristo. Uno de los himnos resume el sentido de la fiesta:

“Queriendo revelar la resurrección de todos, antes de entregarte voluntariamente a la pasión, para que todos la acogiesen con fe, oh Cristo Dios, con la fuerza de tu poder has resucitado en Betania a Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, y a los ciegos les has dado la vista, oh Salvador, porque eres tú el que da la luz. Y con tus discípulos has entrado en la ciudad santa, cabalgando un asno como si fueras llevado por los querubines, para cumplir los oráculos de los profetas. Y los niños hebreos salían a tu encuentro con ramos y palmas. Por eso, también nosotros, agitando ramos de palma y de olivo te aclamamos con gratitud y decimos: Hosanna en los alto del cielo. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Canta la liturgia occidental con estos primorosos versos en lengua castellana:

“Como Jerusalén con su traje festivo

vestida de palmeras, coronada de olivos

viene la cristiandad en son de romería

a inaugurar tu pascua con cantos de alegría.

 

Ibas como va el sol a un ocaso de gloria;

cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria.

Pero tú eres el Rey, el Señor, el Dios fuerte,

la vida que renace del fondo de la muerte.

 

Tu que amas a Israel  y bendices sus cantos,

complácete en nosotros, el pueblo de los santos;

Dios de toda bondad que acoges en tu seno

cuanto hay entre los hombres sencillamente bueno.”

 

Como en la liturgia romana la lectura de la Pasión nos introduce en el misterio pascual del que el Domingo de Ramos es prólogo obligado, así también la liturgia oriental termina sus oficios gozosos del domingo con estas palabras que invitan a proyectar la atención en la pasión salvadora:

 

“De las palmas de olivos, como en fiesta divina, pasemos a la otra fiesta que también es divina, y corramos, oh fieles, a la solemnidad salvadora delos sufrimientos del Señor. Contemplemos al Señor mientras por nosotros se somete a la pasión, voluntariamente aceptada, y ofrece su vida como rescate de todo el universo.

Llenos de gratitud, cantémosle un himnos melodioso, diciéndoles: Oh fuente de la misericordia y puerto de salvación, Señor, gloria a ti”.

Volvamos de nuevo la vista al icono. Contemplemos al Señor sentado en el asnillo. Hemos recordado que es el Rey, el Siervo, el Esposo, el Mesías. El icono proyecta en el futuro la imagen del crucificado y del Resucitado.

 

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