CON TOTAL ÉXITO SE REALIZÓ EL ÚLTIMO RETIRO-TALLER DE ICONOGRAFÍA “SAN JUAN DAMASCENO”. En Villa de Soto, Córdoba.

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» 

Por la gracia de Dios y de su Madre Santísima hemos concluido otro Retiro-Taller de iconografía de “San Juan Damasceno” escribiendo en esta oportunidad el icono de nuestra Señora de la Ternura, Eleusa, “La que sale en busca de los que se están extraviando”.

En una atmósfera verdaderamente agradable, no sólo por el paisaje cordobés de Villa de Soto, que nos habla de Dios a través de su paisaje agreste, sino por el Espíritu de oración, contemplación y trabajo silencioso del que escribe en nuestros corazones de carne el icono interior de la Voluntad de Dios, hemos vivido con intensa alegría unos días de retiro incursionando en el camino de la Belleza de Dios.

En este retiro hemos tenido por primera vez una participante extranjera, del Brasil, Raíssa, y también por primera vez un seminarista del Instituto del Verbo Encarnado acompañando a su madre que forma parte del equipo de iconógrafos.

En esta oportunidad el retiro lo hemos enfocado a través de los seis días de la Creación, hasta llegar al séptimo día de la Contemplación, en la que el mismo Dios “vio…todo lo que había hecho, y era muy bueno” Gen 1,31.

Raíssa, una joven brasilera tiene en sus manos su primer icono que escribió en nuestro taller.

Testimonio de Raíssa, una joven brasileña que participó por primera ves de un retiro de iconos

Nos enseñaron no sólo a pintar sino además a rezar con los iconos y comprender que no es un arte cualquiera, sino contemplarlos como lo que realmente son: ventanas hacia el cielo. 

Por gracia de Dios pude participar de este retiro taller, del cual qué muy edificada. Quedé fascinada por la técnica que nos enseñaron, pero principalmente por el espíritu de oración en el cultivado. Nos enseñaron no sólo a pintar sino además a rezar con los iconos y comprender que no es un arte cualquiera, sino contemplarlos como lo que realmente son: ventanas hacia el cielo. 

Corinne, maestra del taller, muy humilde y generosamente nos enseñó cada paso de la técnica rusa y su simbología, y además los relacionó con los siete días de la creación. Esta semilla de la Belleza de Dios fue plantada en nosotros y cultivada por la Santa Misa diaria, la liturgia de las horas, el silencio contemplativo, la adoración frente al Santísimo Sacramento y el santo rosario de cada día. En efecto, y pudimos vivir la experiencia de escribir un icono y ser escritos por el Icono.

Muy edificante fue también la experiencia de convivir con el equipo de iconógrafos y los demás participantes del taller de un momento de esparcimiento alegre y humildemente en comunidad, como también compartiendo la Eucaristía, la Palabra y todos nuestros dones. Por fin, volví a Paraguay, -donde resido actualmente- con el corazón lleno de gozo y agradecimiento a Dios que por su Divina Providencia nos da el don de participar con el servicio divino y litúrgico de escribir un icono.

Testimonio del seminarista Agustín Ibañez que participó por primera escribiendo su icono de Virgen de la Ternura, “la que sale en busca de los que se están extraviando”

El seminarista Agustín Ibañez IVE, escribiendo su primer icono

“Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, 

y a Jesucristo, a quien Tú has enviado…”  (Juan 17,3)

Este conocimiento es la Vida Eterna Venidera: aquel conocimiento amoroso de Dios, aquel abrazo del hijo prodigo con su Padre misericordioso, aquel momento que encierra toda la plenitud de la felicidad. Pero también es la Vida Eterna que ya podemos vivir ya en esta vida, en la vida terrena. ¿Cómo puede ser esto? Esto se da por la semilla puesta en nuestra alma que es la gracia divina que tiende a ir creciendo en nosotros como “aquel grano de mostaza… que llega a ser la más grande de las hortalizas” (Mt 13, 31-32) Vivir el retiro y taller de iconografía es experimentar casi palpablemente el crecimiento de la vida de Dios en nuestras almas, mediante el conocimiento más intenso de Dios a través de Jesucristo.

Este retiro, al que llegué por aquella voluntad de Dios que va guiando los hilos y las circunstancias, me ha hecho experimentar y profundizar ese conocimiento de Jesucristo, el Verbo encarnado, Dios hecho hombre, porque cuando uno progresivamente va delineando con el pincel sus rasgos sobre la tabla va también adentrándose en Él. Esta es la experiencia no solo mía, sino de cada uno de los que estuvieron estos días retirados de su vida cotidiana y de su mundo, y dedicados a la escritura del ícono de la tabla y al ícono de la propia interioridad. Esto fue lo que sólo algunos conscientemente buscaban al llegar, pero lo que todos se llevan. Y no exagero: cada uno lo dijo en su testimonio en el almuerzo de despedida.

Fueron días inolvidables, vividos en la suma sencillez de la oración, el silencio del trabajo, la conversación familiar en las comidas. Días también de intenso trabajo. Pero sobre todo fueron días de un intenso caminar espiritual,

Los íconos estuvieron presentes en mi vida, ya que mi abuela, Beatriz García Puló de Guevara, se había consagrado a la escritura de los iconos, dejando muchos de ellos en iglesias, capillas y casas de familia. Solía verla dedicada a su labor cuando iba a visitarla. También mi madrina de bautismo, Corinne, quedó atrapada por las inextricables redes de gracia de los íconos y Dios, a través de ella, atrajo a otras personas también a este misterioso y cautivante arte, entre ellas a mi mamá. De modo que también se despertó en mí el deseo de alguna vez escribir un ícono. Esto sin embargo no era posible porque mi vida de seminarista no me permitía coincidir con estos retiros, de modo que ni siquiera me lo planteaba. Pero Dios sí lo hizo y de un momento a otro acomodó las cosas y me encontré de pronto en la estancia de la Esperanza en el Noroeste de Córdoba junto a otras 12 personas, la mayoría mayores de que yo, expectante por esta experiencia, contento de que íbamos a escribir un ícono de la Madre y el Niño, “la que sale en busca de los que se están extraviando”.

Cada día nos levantábamos para la Santa Misa, consagrándolo todo a Dios. Escuchábamos las charlas, pintábamos en silencio meditativo pero alternado por naturales comentarios, íbamos a visitar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, rezábamos el Rosario caminando por la estancia…

Fueron días inolvidables, vividos en la suma sencillez de la oración, el silencio del trabajo, la conversación familiar en las comidas. Días también de intenso trabajo. Pero sobre todo fueron días de un intenso caminar espiritual, ya que ante todo el ícono es figura de nuestro peregrinar interior, que se va dando a la par de cada uno de los pasos de la pintura. Es un caminar interior con toda la dificultad de enfrentarse con los propios límites, con el cansancio, los propios defectos, los sacrificios, las noches oscuras, dejándose guiar poco a poco por la fe y la esperanza.

Puedo decir que la experiencia fue muchísimo más rica de lo que había podido imaginar. No voy a relatar todo lo vivido para que los interesados puedan experimentarlo ellos mismos, sin hacerse una idea no tan fiel a la realidad a causa de la pobreza de mis palabras… y también porque nuestras palabras humanas nunca serán suficientes para hablar de lo inefable, de las cosas en verdad profundas, porque simplemente nos superan, están siempre más allá.

Simplemente diré que si estás buscando a Dios en tu vida, incluso aunque creas llevar una vida cercana a Dios, si querés vivir esta experiencia tan antigua como la Iglesia y las almas enamoradas de Dios que deseaban escribir de Él, no ya con palabras, sino con colores, si querés emprender el camino del iconógrafo, este retiro es un gran medio para vos.

Tengo en este momento el ícono que Dios escribió con mis manos, diría “a pesar mío”, a pesar de mis defectos. Como todos, también doy testimonio de que yo no lo hice, hablando con propiedad, por la sencilla razón de que no pude haberlo hecho. Al volver la mirada a él, o mejor dicho al dejarme mirar por la Madre y su Niño, me recordaré y me recordará el pacto hecho entre el alma y Dios en el primero de sus trazos, y sellado en el último. Siempre que lo mire me renacerá todo lo meditado y contemplado esos días de modo concentrado, de modo pleno y simple… estará todo en esa mirada que llama e invita incesantemente. Confío en que saldrá siempre en mi búsqueda para llevarme a Dios.

Por todo esto agradezco a Dios, que fue el gran tejedor de todo esto y también a quienes han dedicado todas sus personas y energías para esta maravilla de retiro y taller.

Y a quien lee esto y siente despertar en sí un interés extraño o especial, una invitación interior, le propongo que no acalle esa voz interior. Escucha sosegadamente, tal vez Dios también te está proponiendo esto… será algo personal. No te prometo que será fácil, es más, no lo será en absoluto pues el camino será la cruz… pero será magnifico, será gozar un poco de la verdadera vida y la verdadera paz, la que no puede dar el mundo. Dios quiera que también puedas vivir aunque sea una vez la escritura del Icono.

Rezo por eso.

El icono de la Madre de Dios de la Ternura escrito por Felicitas

Testimonio de Felícitas Guevara de Ibañez

Este retiro tuvo la gracia inmensa de tener entre nosotros al Padre Agustín Spezza, IVE, que nos regalaba cada mañana el don de la Santa Misa y terminábamos la tarde con adoración al Santísimo…, cada uno, en forma particular y después todos los integrantes del taller, ¡unlujo…!

Escribimos un icono del todo providencial, la Virgen de la Ternura, “la que va en busca de los que se están extraviando”. Nos sentimos verdaderamente así, buscados por ella, en estos momentos de tantas pruebas para nuestra querida patyria. Ella quiso hacerse presente, pues cuando elegimos el icono que íbamos a pintar, no conocíamos su nombre y su historia. Fue un taller bellísimo, con muchos largos ratos de trabajo intenso, gozoso y silencioso, donde cada uno podía unir su corazón a esta bellísima tarea y vivir el Evangelio y la vida cristiana a través de este camino, unido todo a la Palabra de Dios y la rica teología de la Iglesia y los santos Padres.

A este taller vinieron varias repitentes, lo que lo hizo riquísimo. A mi en particular, me llenó de gozo el  poder compartir este retiro con Agustín, hijo mío seminarista, poder vivr juntos estos benditos días en la casa en la que vivimos muchos años, y en la capilla donde tantas veces rezamos…, !todo fue gracia…!

El icono de Bety, madre y abuela de la casa paterna.

Fue mamá quien nos trajo a nuestra vida el mundo de los iconos. Fue la primera persona que vimos practicar este arte. Y también estaban mis dos hermanas, todas gozando de este don celestial. Nunca pensamos ninguna de nosotras poder pintar un icono y menos las tres juntas…

Fueron días de cielo…

Otro don de la Providencia en este retiro fueron los consagrados, y especialmente Raíssa (la primera extranjera que viene a nuestro taller) y mi hijoAgradezco también a Dios la enseñanza tan rica y paciente de Corinne y el valor y riqueza de cada uno de los participantes. ¡Fueron días muy intensos! Fueron días de familia, de comunidad cristiana, días con Jesús y su Madre Santísima. Fueron días de cielo…

Felicitas con su hijo Agustín con su primer icono…

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